Conoce a quien está detrás de las crónicas

lunes, 5 de noviembre de 2012

Espectros en los cristales


Adriana balbuceaba una colección de gemidos e intentos de palabras inentendibles, algunos apoyados en la cordura afirmaban que era el idioma de los locos. Una verborrea amplia  y líquida que costaba agarrar con las manos del conocimiento. Débil y atolondrada permanecía con los ojos dormilones en el cuarto de observación, sin muchas fuerzas y con una farmacia de somníferos en sus venas, era una emulación femenina de Sansón. Negada a abrir los ojos, obligada por los efectos propios de estar dopada.

    Desde el otro lado de la ventana de observación la veían diversos científicos,  tratando de entender qué fenómeno o trastorno psiquiátrico corroían la tranquilidad de la joven que gritaba como si los demonios le arrancaran las pestañas. Del lado de ella había un entorno silencioso y blancuzco, en el que sus sueños y pesadillas gravitaban sobre la ansiedad que al pasar el efecto del medicamento descolocaba la dictadura de aquella paz inducida. En la periferia de la ventana, la soledad se condensaba en su reflejo. Hacía unos años había perdido la voz cuando a todo pulmón trataba de explicarle a su madre sin éxito lo que la turbaba en realidad.

    Nadie sabía, ni entendía. Adriana, corría con los ojos cerrados, al principio soltando maldiciones y un llanto desconsolado y despavorido, cuando sus vecinos la escuchaban se encerraban prendiendo velas a los santos, persignándose y rezando el salmo 91. En el barrio, todos comentaban que el Chamuco quería desposarla y que cuando se veía al espejo éste la besaba y le hacía chupones por todo el cuerpo. Luego, la joven de tantas explosiones de voz, con las cuerdas vocales desgastadas y una garganta deteriorada no podía más que correr hasta que el suelo la atajase con abrupto. Mientras ello ocurría, la curvilínea dama era una referencia inmediata a las comparaciones con alambres, su vientre de Venus se había hundido tanto que el ombligo casi se le pronunciaba hacia afuera; un cuerpo reducido y esquelético, con las rodillas y los codos sobrepoblado de cicatrices, y sin dientes frontales, pero ya qué, si sonrisas era lo que menos aparecían en los labios empellejados de la fémina.

   Tres días antes de ser recluida sufrió otras de sus crisis demenciales. Todo lo que accionó la locura en ella fue una jarra que miró por un lapsus corto. Las piernas le comenzaron a temblar y su boca se inquietó. Sus brazos lánguidos se abrieron con brutalidad y torpeza, se levantó respirando agitadamente y tumbó la jarra de agua, cuando quiso mirar al suelo la cosa empeoró. La cerámica la reflejaba perfectamente, de nuevo cerró los ojos y como un animal horripilado quiso correr arremetiendo contra todo objeto en sus cercanías, como una estampida, los platos sonaban al caer al piso, los niños lloraban en el caos y ella desesperada solo quería sentirse acariciada por la violencia del piso, caer inconsciente ante la inconsciencia de obedecer a los impulsos del pánico.

    Los espejos habían desaparecido, no solo de su casa, sino de la de muchos de sus vecinos que tuviesen hijas hembras, el temor de que Satán despertase pasiones por aquellas vigorosas damiselas ante lo desdeñada y caquéxica que estaba su actual pretendida.

     Adriana, con sus párpados corrugados daba vigencia de ese intentó repetido de sacarse los ojos en más de una ocasión. El reflejo en el espejo mostraba un monstruo en vez de su imagen, tan horroroso que dolía en los sentidos. Lo olía ardiéndole las fosas nasales, lo tocaba áspero en las alturas, baboso en el centro y peludo al final; lo saboreaba con resabio ferroso, característico de la sangre, y lo escuchaba sobre ella cuando corría con los ojos cerrados hasta desvanecerse dejando su lucidez en una penumbra absoluta en algún lugar del barrio, sirviendo de festín a los zancudos o siendo el entretenimiento de turno de los morbosos.

    Terriblemente sola estaba la desconfigurada criatura, abrasada de un misterio que asustaba a los de su alrededor, a veces perdida en el oscuro cuarto de chécheres para ver si así su madre invisibilizaba a trozos las antologías de vergüenzas y los llantos a chorros, al ver cómo se marchitaba su pequeño capullo ante fuerzas desconocidas. Feamente sola, Adriana en su mundo de cristales reventados; desconsoladamente sola, su madre con los pies embarrados de prejuicios y la cabeza pulcra a medias.

    El esqueleto forrado de piel que resumía a la joven, tan desganada de la vida permanecía con sus pies líquidos, que al levantarla se derramaban atajándola el piso, con un cuerpo deshuesado de voluntad y unas ojeras fundamentadas en sus arrebatos. Y así llegó hasta aquel cuarto que olía a vacío en vez de tierra mojada. Adriana con el cadáver de la dosis de somníferos en sus venas despertó, vislumbrando un iluminado techo blanco, miró a la derecha, luego a la izquierda, cerró los ojos nuevamente, cuando los abrió se enfrentó a aquella ventana que la reflejaba, la danza violenta tenía el combustible suficiente para andar, pero amarrada a la camilla solo pudo temblar descontroladamente, gritaba en un ahogo silencioso, pataleaba con fuerza sobrenatural, llevando las manos a hasta su reflejo, todo lo que quería era matarlo.

Autor: Carlos Arturo 

viernes, 19 de octubre de 2012

Afrodita



Del semen y la espuma remonta tu génesis;
cuerpo desnudo divino,
forjado por una orgía de infamias ninfómanas,  
de pezones laureados por deseos ajenos,
de ombligo… laguna de placeres rojizos,
de una vagina, jardín de rosas carmín.
Con la boca desvirgando la inocencia,
y esmeraldas talladas por la lujuria como ojos.

Intangibilidad fémina,  
idea alojada en los imaginarios,
molde desplegado de la penumbra sapiente;
Gata que lame las pasiones con su inmortal lengua.
El rigor mortis de la perfección,
que aprisiona los orgasmos postergando la duración
sin saber ocasionalmente si dilata las piernas o la mente,
con la cadera insinuante en la fiesta de erecciones.

El mito del Olimpo arrastra tus huestes,
 el mar Mediterráneo conserva tu efervescencia,
Chipre guarda las huellas de tus inquietos pies,  
y la sal, la fruición de haber desvanecido tu himen.
En lo alto Helios dialoga con tu vergüenza,
Sobre el día que con Ares arremetías contra Venus,
eligiendo fusionar tu amor desmedido con violencia.

Tu ausencia un lleno de encantos,
tu presencia un gozo animal,
con la locura típica que brota entre tus muslos
y los deseos recientes van hasta tus pechos,
escalando como crías de canguros.
Pasea cronos por tus formas,
un cúmulo de curvas habitadas de inexistencia
resignadas a no admirarse en un espejo.

Sin saber qué hacer, Afrodita.
Exótica sustancia conceptual,
Ares aguarda en el colchón de victorias,
para seguir procreando entre ambos parafilias.
Y dudas, de sin son ambos o uno solo.
  No sabes qué hacer,
si quemarte con sus manos impúdicas  
O masturbarte con las tuyas,
observando a tus víctimas cuando duerme Helios.

Autor: Carlos Arturo

miércoles, 10 de octubre de 2012

Mientras papá duerme


      En la sala hervía un conglomerado de murmullos, el cuchicheo en coro de las plegarias; un montón de manos arrugadas y pecosas imperaban rodando las perlas a través de sus huellas dactilares, rezando el rosario pidiendo con fe desmedida por el alma del difunto. Alejandro, a sus 4 años las veía como una manada de criaturas extrañas, con pieles ennegrecidas, con algunos rostros resecos y otros demasiado humedecidos. A unos cuantos adultos los miraba asqueado al escuchar sonar sus narices, pero a su madre la avistaba con incomprensión; destrozada, con la cara limpia, sin el típico labial rosa de su rutina. 

    Cada vez llegaba más gente;  individuos arropados de telas negras sollozando en la caja amaderada en la que yacía la fría anatomía del progenitor de Alejandro. Todos ellos cumplían las acciones de ver al difunto y abrazar a la viuda; el joven infante se sentía como en una reunión a las 16:00 horas, en la que no podía interrumpir lo que hacían los adultos, solo que esta vez no leían un libro o tomaban el té. Él miraba bostezando de vez en cuando a todas esas figuras portando trajes blancos y negros; elegantes personas desfilando sus tristezas o intentos de ella ante sus ojos pequeños y café, que a propósito, era lo que abundaba en las tazas de todas las manos de los que reducían el espacio en su casa e incrementaban la temperatura. Sus bocas inquietas degustando a sorbos aquella infusión marrón prieta, disimulando algunas sonrisas con dificultad o apretándolas en un gesto de lamento.

   El funeral de pronto era una reunión de viejas estocando con sus lenguas a todo gesto insubordinado del cuadrado luto, de hombres mirando el culo de las más jóvenes, de mujeres rezando con furor una oración de vírgenes que en nada se ajustaba al sujeto, de consanguíneos con la tranquilidad borrosa y algunos pubertos tomándose fotos. Cada quien aruñando el intento de entretenerse, y con éxito al parecer; cada uno formando una sociedad desaliñada en claroscuros inducidos, solo por esa vez.

   Alejandro, con su limitada forma de llevar balances perdió contra él mismo en el juego de contar bostezos. Los dedos de sus manos abiertas contaban cada uno, y hace rato se había quedado sin éstos para ocuparlos con uno nuevo, pero qué importaba, pensó en algún momento, diez bostezos eran suficientes para caer víctima del aburrimiento poderoso que le agitaba la imaginación. Sudado, con el cabello desaliñado y algunos regaños de mamá permanecía sentado con las piernas intranquilas, los cordones flojos y los zapatos lustrados.  Se soplaba el flequillo de vez en cuando para refrescar sus ideas creativas y juguetonas – papá duerme profundamente – dijo mamá horas antes acariciando su mejilla, mientras el pequeño preguntaba de qué estaba hecho el sueño – de pausas y aliento – respondió la dama con los ojos brillantes, aunque a Ale se le hacía más fácil pensar que la hechura de éste era de leche tibia o del ruido de la tv.

    De pronto pararse de la silla y fingir ser un pistolero podría espantar al granuja aburrimiento o molestar a la legión de adultos a contraatacar con unos fulminantes “¡Shhh!”. ¡Uy, cómo dolían esos miserables Shhh… que dejaban su imaginación humeando y en picada! O de pronto tararear el opening de su caricatura favorita, para ser llamado impertinente. - ¿Qué diantres era eso? – pensó sentado como estatua en la silla.

    Desde el asiento no podía más que observar a la multitud, las coronas de flores y cofre en el que su padre se encontraba acostado. Cansado, se levanto y haló la falda de su progenitora; le indicó que quería ver a papá durmiendo, pero ella solo le guiñó el ojo irritado de tanto llorar, mas su ternura estaba intacta y sobrecogedora. Alejandro con los hombros caídos  y con cara de berrinche anduvo por la casa, escuchando palabras extrañas que no entendía como: huérfano, desamparado, padrastro, viuda, entre otras. Cuando resignado decidió volver a la silla de los niños bien portados volteó hacia la puerta que daba a la calle, sus primos los gemelos, llegaban sondeando con sus ojos verdes desde el techo hasta el piso de la casa, con el gesto de desorientados dibujados en su rostros. Él corrió hacia ellos sonriente y desenfadado, con una euforia silenciosa saludándoles – Me ha dicho mi mamá que tu papá murió en un accidente – dijo uno de ellos.

Alejandro con cara soberbia respondió: “Él esta durmiendo; me lo dijo mi mami”.

- Qué fiesta tan rara – dijo el otro.

- Es que mi mamá celebra que papá por fin no está roncando – argumentó Ale con la camisa arrugada.

- Mi mamá nos advirtió que esto era un funeral – susurró uno de los gemelos, seguido por el otro que afirmó con el rostro.

- Yo no sé qué es eso. ¿Qué tal si jugamos con mi consola de juegos? – preguntó Alejandro, que con la confirmación de ambos niños corrieron felices al cuarto del pequeñín. 

Autor: Carlos Arturo

lunes, 18 de junio de 2012

Extrañarte



Extrañarte es un lujo
que sobra tanto,
pero se queda
como querer cambiar el pasado.
Transmuta en nada,
sonando unas castañas anunciando algo.

Extrañarte ya no es igual,
de vez en cuando huele a quemado en mi cráneo.
Culpo al corazón
acomodándome en la silla de los sinsentidos,
desnudo de lógicas,
ignorando la jornadas bioquímicas de mi cuerpo.

Para extrañar hay que azotarse con los recuerdos,
y los míos embriagados de ausencias
se las ingenian para algún giro argumental.
Se secan de la lluvia,
lavando sus miserias más elegantes.

Pero no te extraño,
la costumbre amamanta esa acción,
vistiéndola también de años.
Meses en que el “ni modo” empolla sus huevos.
Olvidar es asunto de pendejos
levantando plegarias.

Echarte de menos,
es extraño,
siendo común.
Pifia o redundancia;
contradicción o dualismo.

Extrañarte…
cada vez da menos tiempo.
Broncearme con la Resignación
que es una irreverencia cansada;
ensancha otros abismos
Y galaxias
a media verdad con toques de mentiras. 

Autor: Carlos Arturo

martes, 12 de junio de 2012

El cuarto de güijas


Un swing se escuchaba lejano y al parecer los grillos hacían coros en el trayecto del bar a la casa de la viuda de Bradford. Nicole en medio de su intoxicación etílica combinaba en su subconsciente los sonidos y temperaturas del exterior, mas dentro de sí todo era una confabulación de ocasos violentos, de recuerdos lapidando el sistema nervioso de los sentires, sueños infames derrocando esperanzas frescas con maleficios; evolución caótica que ni la persignación y mucho menos el altísimo  podían redireccionar.

Era de noche, apenas despertaba de un largo sueño en una cama de tierra húmeda y vomitada por su embriaguez tormentosa. Aún tambaleando al dar los pasos restantes para llegar a su casa se volvió el espectáculo de la gente que pasaba sin detenerse, mirándola atentamente; poco se percató de andar descalza y de la pérdida de sus zapatos altos de charol, además, de una picazón tan tentadora en las piernas que le ensalivaba la boca. Todavía algunas hormigas se dejaban ver furiosas subiendo por sus muslos picando y dejando rastros en la piel. Una falda mugrienta y maloliente cubrían cincuenta centímetros de su cuerpo, el hedor a orine se expandía en las cercanías y una blusa blanca rumiaba una revolcada indigna para una dama recientemente enviudada.

Nicole, se detuvo entre los árboles para vomitar nuevamente. A duras penas se escuchaba la música del bar Tangerine que no obstante parecían navajas apuñalando sus oídos. Y gritó, tan fuerte que su garganta ardió. Él aparecía en sus memorias resaltándose como una frase célebre por un marcador con fosforescencia, y lloró indiferente a los acontecimientos del mundo, regurgitando luego toda aquella pócima química que inhibía por lapsus cortos la inclemente ausencia de Roberth Bradford, del vacío de cría en su vientre y la mediocre herencia que quedaba luego de saldar  las  facturas en la gaveta del lado derecho de lecho nupcial quebrado.  No se cumplía un mes que el esposo había partido a la guerra con su nacionalismo álgido y sus ganas de reconocimientos pretenciosas, hace 25 días que la viuda lo despedía manchando sus labios de carmín y un preludio en el día 24 más pasional y sexual.

Al llegar a su casa que permanecía oscura entró y entre la poca claridad dispersa se pudo ver en el espejo detenidamente, unos churretes negros manchaban sus rozagantes mejillas, a la sazón de las ojeras que parecían haberles hundido los ojos, un par de iris ámbar a la deriva de la penumbra; todo trazaba un sofocante abismo con cintura estrecha y perfume insoportable. El pelo inquieto sometido al desastre enredado por su intento derrotado y desesperado  de consuelo y alivio por las estocadas de júbilo inducidas por chispeantes tragos, por las caídas que también discurrían unas yagas en las rodillas, y todo un acontecimiento propio de la guerra en pleno apogeo en 1942.

Desde que enviudó, sustentó el cuerpo con café, cigarrillos, analgésicos y  licor, el régimen ya se notaba en lo holgada que lucía su falda en la cintura. Aún frente al espejo la indiferencia seguía subiendo escalones, dejando atorada entre los dientes algunas certezas, con los consejos de los allegados vetados por el silencio y la terquedad activo-pasiva que se desenvolvía en sus adentros. Nicole, comenzó a desnudarse con la mirada perdida. Desabotonó con rapidez la blusa que una vez fue blanca, la boca inquieta parecía un volcán colmado de miserias; miraba con recelo el cuadro a sus espaldas sin necesidad de voltear, en el que yacía la fotografía de la boda, el reflejo del espejo mostraba la representación con tanta claridad que lo real y la infamia parecían la misma cosa en un estado sólido que lapidaba la blanda tranquilidad de la fémina.

El retrato les figuraba sonrientes; a Roberth con unos ojos despreocupados y soñadores; con una afeitada total, un gesto de niño queriendo ser adulto en un traje negro y ella, con el cabello castaño degradado en sepia. Sentada sobre un sillón de madera, con un vestido elegante, mangas de encaje largas bordados en perlas blancas, una tiara que cubría parte de su estrecha frente y unos ojos delineados con juventud. Volteó con facilidad la falda  para quitársela también, esquivando aquella materialización del pasado que decoraba la pared, prosiguiendo de igual forma con el sostén y la braga. 

Caminó hacia el cuarto en el que permanecía mientras estaba en la casa, el sucio de la morada se sentía en la planta de los pies. Su caminar desanimado, con los hombros bajos y las caderas entumidas buscaban recargarse de motivaciones inflamadas e infectadas en la habitación de las güijas. Antes de entrar en el cuarto recordó tener que ir por los fósforos para encender las velas, y con un suspiro hastiado casi evaporando la voluntad salió a buscarlo.

La dama, gastó una suma desmedida comprando las mejores tablas de güijas de la localidad. Todas las que pudo, otra parte del presupuesto lo consumió entre velas y fósforos. A la mujer se le veía de tienda en tienda, con su luto penoso, su sombrilla negra y la cara lavada cual loca comprando un poco de cordura. Miraba a los demás con los ojos hinchados provocando pesares a quienes les correspondían. Llevó hasta el cuarto todos los juguetes mágicos y con las velas formó círculos que encendía para conjurar sortilegios que le permitiesen entablar comunicación con su amado en el más allá, pero todo era inútil. Las horas morían entre sus dedos pegados en el tablero, esperando que las fuerzas sobrenaturales los movieran, esas frustraciones se condensaban en su cuello y columna. En los retazos de tiempo que el sueño la noqueaba despertaba sudada y angustiada volviendo a invocar a Roberth lamentando incluso su vigencia en este mundo. 

Dedicaba las madrugadas luego de jugar a la güija a mirar fijamente una ilustración que Bradford había dibujado. Consistía en una Geisha con un quimono que caía de uno de sus hombros, la asiática de espaldas miraba hacia atrás y en su omóplato se leía “Madame Trash” y a su lado descansaba un zorro de varias colas. Todo el dibujo estaba a medias, y Nicole se sentía así, a medio hacer, e incluso, desdibujada, al menos aquel personaje estampado en un papel siempre sonreía. A veces movía las manos entre las letras formando un “te amo” que le patrocinaban llantos incitados con la sudoración causada por una pieza carente de ventilación.

Gastaba vida con las fronteras difusas de lo oculto y lo nihilista, de lo onírico y lo tangible. Los dientes resbalosos le notificaban que el tiempo continuaba el paso. El esperma de las velas casi alcanzaban sus nalgas y afuera a veces se escuchaban los gritos respectivos de los dolientes ante los nuevos muertos por la guerra. A ella, le había dejado de importar toda esa faena de angustias, nacionalismos, holocaustos, rabias, Japón y los judíos. Las agujas de los relojes circulaban machacando cada vez más su anatomía azotada por sí misma. Estancada allí condenada a podrirse como el agua inmóvil.

Afuera la guerra dispuso a las mujeres a trabajar como los hombres, mientras éstos morían o se desmembraban tratando de resguardar a las quimeras que alimentaban las excusas más que las razones. A Nicole se le veía casi muriendo el ocaso, sobria con los recuerdos circulando en las venas como vidrio molido, las piernas llagosas y las manos llenas de ampollas, cada vez más consumida y esquelética, visitando algunas licorerías o tiendas, procurando encontrar más tablas de güijas, las otras resultaron inservibles y la necesidad de seguir intentando hablar con su amado Roberth Bradford se consagraría como su proyecto de vida. Luego de sus salidas, duraba días encerrada, agotando y renovando toda esperanza de sentir a su esposo, ante la cobardía que le causaba pensar en el suicidio. Ella, su embriaguez, anhelos y pesadillas rebuscando en el vacío espectros ausentes, paulatinamente demacrada y obsesionada por contactar lo “inexistente” en mundos paralelos que no le daban paso, hasta entonces Madame Trash, la güija y el licor eran sus aliados.

Autor: Carlos Arturo 

lunes, 28 de mayo de 2012

El ruidoso orgasmo de Nix



Sombrillas para noches insomnes,
por si las memorias comienzan a diluviar.
Tantas dudas que escalan por la cama
a sodomizar el mundo que descansa en la almohada.
Y por mi espalda las irreverencias de turno
que por hábito se vuelven valientes,
son arenosas y punzantes;
 arden en las carnes,
queman en la voluntad.
Todo se agudiza,
Aunque la determinación dormita en los zapatos.

Un proceso de tiempo se estanca
sobre los números encarcelados en la penumbra,
vigilado por ojos mortales absorbiendo de su color cafeína,
pero no ven al guardián silencio
muriendo intoxicado por la vida.
Raspando las paredes cual boleto de lotería,
aullando al oído con su sonido magnético,
Reinventado en imperios misteriosos
lo intangible de lo posiblemente imposible.

Ya no sé qué día es hoy,
es noche,
madrugada que me fuma la existencia,
Haciendo de su turno una estación,
saboreándola a sorbos
que degustan a un Apolo de aire,
a veces la permanente tempestad del clímax de Venus,
o a una Minerva que reniega su castidad.

Ella se estremece,
manifestando lo afrodisiaco de las sombras
con una Selene pálida,
flotando en su vestido travieso,
que poco a poco asoma sus piernas;
a ratos eclipsada por su manto oscuro gaseoso.
Ay de ti, Nix…
con ese voyerismo tan alternativo,
bebiendo a sorbos placeres,
con la altiva pornografía del insomnio.

Luego de la huida de Helios,
encadenas a los mortales con tu teatro,
y ves como las musas gimen,
y se desnudan,
al ritmo de la masturbación de los esclavos de turno
para darte con el producto de ello un elixir,
de juventud y ruidoso orgasmo.

De pronto serena y divina te vuelves prieta,
 caes sobre el genital de la inspiración liviana,
o loca sueltas las quimeras esquizofrénicas del miedo,
agitando tu vestidura de terciopelo y gaza,
redundando en tu poder,
ese que el día jamás podrá vencer;
ese que de pronto se ha vuelto poesía
impura e ignorante
que alaba el maltrato mágico
de la dicha de complacerte.

Autor: Carlos Arturo

jueves, 17 de mayo de 2012

In corpus



   La braga entre sus nalgas era tan molesta como el trinar de los pájaros en el turno diurno, tan ladilla como el calor pululante del occidente venezolano; ya no quedaba más que abrir los ojos y sentir como la humedad hacía estragos en las coyunturas del cuerpo.

   Llevó sus manos a la cabeza rascándola con los ojos entre abiertos, bajando una de ellas hasta el cuello moviéndolo de izquierda a derecha. Se sentía abatida, dispersa y cansada, el ruido de sus vértebras al estirarse contaban por retazos los acontecimientos del día anterior. Marisela, se sentó en la esquina de la cama, que vacía se presentaba como una pieza del rompecabezas, permaneció en silencio sin pensar en la hora, en el desastre y el sucio de la casa.

   La arena del piso parecía vidrio molido en la planta de los pies mugrientos de la dama semidesnuda, anduvo cinco lentos y desvariados pasos antes de llegar a la puerta, mas se detuvo un momento a estirarse escuchando como las articulaciones  chasqueaban cual piano desafinado, y se preocupó por todo el tiradero presente. - ¿Hasta cuándo tanta miseria de visita? –se preguntó con el seño fruncido y las manos tocando el borde de sus caderas, desde un espejo se la podía ver, con sus senos entristecidos apuntando a los dedos de sus extremidades inferiores, el abdomen abultado con la piel rojiza de estrías recientes, la boca hermética, pero dinámica y la cabeza aturdida de una resaca injusta y abstemia.

   Aún el espejo reflejaba su figura de cuarentona roída por la vida, y encendida por la existencia. Tan nadie ahí parada, tan nada entre el caos, tan todo ocupando el espacio. Decidió terminar de dar los pasos que la llevarían hasta encontrar la primera presencia humana que sus córneas detectaran. Sus pasos ahora eran más decididos, jamás pensó en su desnudez a medias, ni si quiera en la vergüenza que le invadía mostrar la flacidez de sus mamas. Cruzó a la derecha con el pelo alborotado y policromático, viéndole ahí meciéndose en la hamaca amarillenta de loneta, leía un periódico de hace meses y sostenía una cerveza que humeaba de fría. – Arnoldo… sient… – esbozó Marisela que interrumpida por la mano de su esposo quedó con palabras a medias.

   Cabizbaja le miraba sus rodillas con los dedos inquietos  de las manos y los hombros tensos; el miedo se acentuaba en el estómago y en el corazón.  Mientras tanto, él se dispuso a enrollar el papel de noticias viejas y a mirarla fijamente. Tosió vislumbrando una tempestad en sus pulmones, y exhaló aire como si de éste dependiese todo lo que tenía que decirle a ella. – Estamos en una situación crítica; estás empeorando las cosas – indicó Arnoldo con unos ojos sazonados de preocupación.

   A Marisela la mirada se le volvió un naufragio, y del malecón de sus ojos comenzaron a desbordarse las lágrimas; se agachó y tapó el rostro para no ver la cara de decepción de su esposo, para ocultar que ninguna palabra se gestaba en sus cuerdas vocales.

   -¿Recuerdas qué pasó anoche? – preguntó Arnoldo, con un tono de reproche. Ella lo miró y ahí quedó petrificada.  – No joda, mujer ya no sé que creer con respecto a lo que te pasa. Me asustas, me inquietas, me da miedo dormir a tu lado- declaró mientras movía los brazos y ansioso quería acercársele.

El pelo en su cara ella lo llevó hacia atrás, quedando con la cabeza levemente inclinada a la izquierda con una mano en la frente, y otra en la cintura. Apretó los labios y suspiró destilando angustias y arrepentimientos tan tristemente hediondos que Arnoldo buscó una toalla y se la puso sobre el cuerpo, tapando sus senos taciturnos y piel cansada. Acarició sus hombros con ambas manos y bajó sus manos hasta las suyas. –Anoche te convertiste en Buda, o bueno, eso fue lo que dijiste – a Marisela se le engrandecieron los ojos y de perfil lo miró con la boca entreabierta, preguntando con los gestos desencajados: “¿En Buda. Quién coño es Buda?”.  – Pues no sé, pero hablaste sobre el misterio del asesinato de Evert – respondió él.

   -Evert no fue asesinado. Él se ahorcó – dijo.

    -Anoche dijiste que fue asesinado, y hablaste sobre un real que metieron en su boca. Y por si fuera poco, describiste al asesino que ha resultado ser el amante de la viuda- esbozó Arnoldo aún sorprendido. –Allá la gente está loca desenterrando al muerto -

   Marisela, apenada y nerviosa entre palabras cortadas refirió que no podía ser posible que ella dijese eso. Que la gente la condenaría por todo eso que había dicho en su trance.

    -Eso no ha sido todo… te ensanchaste increíblemente, eras gordísima; tu voz grave, gritabas haciendo aullar a los perros del rededor  y tu iris estuvo perdida mientras tanto. Fue horrible ver como el vestido se rasgó completamente. Te levantaste y le diste un coñazo a la negra, diciéndole que dejara de pensar que el demonio te estaba poseyendo. Ella tiene pavor de venir a verte. Yo no tengo ya la mínima idea de que esto sea cuestión religiosa, de brujería, psicológica o psiquiátrica – dijo Arnoldo soltándola y yéndose a acostar de nuevo en la hamaca.

   -¿Entonces…?- fue la interrogante que apenas pudo salir de la cuarentona.

   -Entonces, ya no sé si lo tuyo es cuestión de psiquiatra o estas poseída por algo, la otra vez hablabas de ser Dalila, y antes de ser un hombre gordo fuiste una prostituta llamada Mesalina acosando al compadre José – agregó el esposo que con una de sus piernas hacía mecer la hamaca.

   -Arnoldo, también tengo miedo de mí misma- dijo con los ojos enrojecidos y con un hombro descubierto. - He considerado lo que me dijiste… lo del manicomio – Su boca temblorosa dejaba escapar una sinceridad rústica y dolorosa a sí misma. -  Me da pavor creer que tal vez pueda necesitar un exorcismo. La gente de este pueblo no perdona la locura, pero con el Diablo aquí la cosa es más delicada. ¡Me siento desesperada! – refirió Marisela subiendo cada vez más su tono de voz con la melancolía marcando el ritmo de su argumento.

    Desde la distancia Arnoldo la miraba consternado, como si la existencia le tejiera una prueba. El sudor escurría en ambos cuerpos, fluía un silencio incómodo y un sabor amargo aferrado en el espacio. El tiempo pasaba y el pasado no importaba, el futuro parecía estar revuelto con el presente, y éste estaba demasiado ocupado como para figurar entre los esposos. Marisela como estatua permanecía rígida frente a sus ojos, sin buscarse en la cara de él, rehuyendo con el dedo gordo de su pie, cavando un hoyo sin mucho éxito.

    -Tranquila Mari…- Al fin dejó escapar de su boca Arnoldo. – Aquí no es el problema de la locura. Quizás sea yo el loco, tal vez el pueblo, o tú, probablemente todos – teorizó el hombre que levantándose de su hamaca se dirigió a esa anatomía femenina plagada de lagunas, universos paralelos y múltiple polos – Vístete, que antes de las 3:00 p.m. iremos con el padre a que te rece y te bañe en agua bendita – sonrió entre el pesado ambiente y abrazó a Marisela tratando de sacar el óxido que la comodidad había adquirido.

Autor: Carlos Arturo

lunes, 30 de abril de 2012

Todo pasa

El mundo es un finito recuento de mundos que parecen infinitos. Historias vetadas, otras reproducidas, algunas frescas y unas cuantas delirantes, pero todas con cabida en la realidad. Las historias personales son esas migajas que llevan a conocer los caminos entre valles silenciosos y lagunas filosóficas. Todo lo que pasa deja tatuajes en la psiquis y replantea desde el punto centro los qué, quiénes, cómo, dónde y por qué de un Yo con los demás. 


Dedicado a Daniela Báscope, a quien admiro con interés, volando más allá de ser una figura pública, y su común historia que no deja de impactar, por sus imaginarios y forma de representarlos. Una picaflor de las artes que se reinventa a partir de los medios para expresarse. 


     Daniela despertó con los ojos embriagados de luz, apenas unas ojeras se notaban y el color pálido de su piel no provocaba sumisiones a sus manifestaciones de felicidad, de respirar vida aunque estuviese lejos del país que le dio espacios para crecer. Con un cansancio propio de batallas anteriores caminó descalza hasta su closet. Echó sobre la cama aún desacomodada, una remera blanca, una falda roja y unas sandalias sencillas para tapar su desnudez.

    Sin dificultad abrochó su falda cuya pretina bailaba levemente en sus caderas de dos decenios.  Se pintó la boca con un tenue color cálido, limpió el exceso de pintalabios mirando fijamente ese gesto tan propio de las mujeres al maquillarse. Daniela, pasó sus manos por la cabeza, pensativa y ubicada, sintiendo la textura de la suave piel y a la vez la yema de los dedos por la ausencia de cabello que pronto prometía asomarse, de repente sintió el ronroneo de la vida que como gato la palpaba entre sus brazos.

    Sonrió mirando reflejar la luz solar en sus dientes, escuchó a su mama llamarla estimulando automáticamente a los procesos químicos que le hacían producir más saliva de lo común, imaginó un jugo de lechosa con limón y un poema de victorias relucientes. Los colores eran los mismos pero canalizados desde otras perspectivas. – Todo pasa- dijo a sus adentros despertando un umbral introspectivo para que sus musas se alimentaran hasta entonces. Abrió la puerta de su habitación y efectivamente todo había pasado con una instrumental diurna de pájaros de ciudad. 

Autor: Carlos Arturo



 Todo pasa

Pasa el día y la semana, 
Pasa la piel que se pone como pasa.
Pasa el caballo que corre como el tren 
que dicen que pasa solo una vez.
Pasa el agua,
Pasan las lluvias,
Pasa el desastre y el desasosiego.
Pasa la lagrima que es salada
como el mar que también pasa con las olas y con el viento. 
Pasan las agujas y el segundero,
Pasa la moda,
Pasan los grupos,
Pasa la fama, que así como viene pasa.
Pasa la hermosura, la delgadez y la gordura.


Pasa un tsunami y destruye a lo que pasa.
Pasan las guerras. 
Pasan los árboles y las primaveras.
Pasa el invierno y pasa el hielo,
Pasa el incendio que deja cenizas que pasan con el viento.
Pasa el ganado y las manadas,
Pasas tu o paso yo?,
Paso, “Pasas?” , pasan.

Pasa el dolor
Pasa la sonrisa
Pasa la conquista
Pasa el beso y el orgasmo.
Pasan los años y los hijos
Pasan los nietos y las familias

Pasan las tierras que se unen y se desunen
Pasan los rumores y las teorías
Pasan las verdades y las mentiras
Pasa el río y pasan las piedras
Pasa el golpe y la noticia.

Pasan mis ojos por este mundo
Para ver que lo que existe pasa.
Pasa y no quiero que pase.
Pasa y ya quiero que pase.
Pasa inexorablemente.
Pasa la vida que se va y que se nos pasa.
Pasa la vida que de pasar se trata.

Paso y me decido:
paso la prueba.
Pasan los recuerdos y las heridas
Paso la página. 
“Mami: ya pasó?”

“Pasa Daniela! ya estás en tu casa...”

24 de Agosto del 2007

Autora: Daniela Bascopé

sábado, 21 de abril de 2012

La mujer reptil



Los imaginarios trastocados maravillados con sus escamas tornasol,
hay en sus ojos más que rareza,
aires de indolencia malinterpretada.
Animalia fracturada que se arriesga,
Va más allá del contexto.

Una lengua que percibe los humores de sus detractores
se envenena cada vez que la muerde,
Sus labios en sequía,
Dientes ponzoñosos
Al recuerdo latente de su pasado siempre dispuesto.

Tantos desiertos azotando su cuero manchado,
Que de vez en mes exprime buscando amor,
Rastreando calor aún en altas temperaturas,
Nadando en aguas frías nocturnas
Buscando aquello que no verá.

Los abrazos ásperos acariciaron su piel reptiliana,
Sangrando por heridas próximas a retoñar.
A la luna llena como el iris de sus ojos,
De astro ardiente el miedo que despierta en otros.

Autor: Carlos Arturo

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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos