Conoce a quien está detrás de las crónicas

lunes, 18 de junio de 2012

Extrañarte



Extrañarte es un lujo
que sobra tanto,
pero se queda
como querer cambiar el pasado.
Transmuta en nada,
sonando unas castañas anunciando algo.

Extrañarte ya no es igual,
de vez en cuando huele a quemado en mi cráneo.
Culpo al corazón
acomodándome en la silla de los sinsentidos,
desnudo de lógicas,
ignorando la jornadas bioquímicas de mi cuerpo.

Para extrañar hay que azotarse con los recuerdos,
y los míos embriagados de ausencias
se las ingenian para algún giro argumental.
Se secan de la lluvia,
lavando sus miserias más elegantes.

Pero no te extraño,
la costumbre amamanta esa acción,
vistiéndola también de años.
Meses en que el “ni modo” empolla sus huevos.
Olvidar es asunto de pendejos
levantando plegarias.

Echarte de menos,
es extraño,
siendo común.
Pifia o redundancia;
contradicción o dualismo.

Extrañarte…
cada vez da menos tiempo.
Broncearme con la Resignación
que es una irreverencia cansada;
ensancha otros abismos
Y galaxias
a media verdad con toques de mentiras. 

Autor: Carlos Arturo

martes, 12 de junio de 2012

El cuarto de güijas


Un swing se escuchaba lejano y al parecer los grillos hacían coros en el trayecto del bar a la casa de la viuda de Bradford. Nicole en medio de su intoxicación etílica combinaba en su subconsciente los sonidos y temperaturas del exterior, mas dentro de sí todo era una confabulación de ocasos violentos, de recuerdos lapidando el sistema nervioso de los sentires, sueños infames derrocando esperanzas frescas con maleficios; evolución caótica que ni la persignación y mucho menos el altísimo  podían redireccionar.

Era de noche, apenas despertaba de un largo sueño en una cama de tierra húmeda y vomitada por su embriaguez tormentosa. Aún tambaleando al dar los pasos restantes para llegar a su casa se volvió el espectáculo de la gente que pasaba sin detenerse, mirándola atentamente; poco se percató de andar descalza y de la pérdida de sus zapatos altos de charol, además, de una picazón tan tentadora en las piernas que le ensalivaba la boca. Todavía algunas hormigas se dejaban ver furiosas subiendo por sus muslos picando y dejando rastros en la piel. Una falda mugrienta y maloliente cubrían cincuenta centímetros de su cuerpo, el hedor a orine se expandía en las cercanías y una blusa blanca rumiaba una revolcada indigna para una dama recientemente enviudada.

Nicole, se detuvo entre los árboles para vomitar nuevamente. A duras penas se escuchaba la música del bar Tangerine que no obstante parecían navajas apuñalando sus oídos. Y gritó, tan fuerte que su garganta ardió. Él aparecía en sus memorias resaltándose como una frase célebre por un marcador con fosforescencia, y lloró indiferente a los acontecimientos del mundo, regurgitando luego toda aquella pócima química que inhibía por lapsus cortos la inclemente ausencia de Roberth Bradford, del vacío de cría en su vientre y la mediocre herencia que quedaba luego de saldar  las  facturas en la gaveta del lado derecho de lecho nupcial quebrado.  No se cumplía un mes que el esposo había partido a la guerra con su nacionalismo álgido y sus ganas de reconocimientos pretenciosas, hace 25 días que la viuda lo despedía manchando sus labios de carmín y un preludio en el día 24 más pasional y sexual.

Al llegar a su casa que permanecía oscura entró y entre la poca claridad dispersa se pudo ver en el espejo detenidamente, unos churretes negros manchaban sus rozagantes mejillas, a la sazón de las ojeras que parecían haberles hundido los ojos, un par de iris ámbar a la deriva de la penumbra; todo trazaba un sofocante abismo con cintura estrecha y perfume insoportable. El pelo inquieto sometido al desastre enredado por su intento derrotado y desesperado  de consuelo y alivio por las estocadas de júbilo inducidas por chispeantes tragos, por las caídas que también discurrían unas yagas en las rodillas, y todo un acontecimiento propio de la guerra en pleno apogeo en 1942.

Desde que enviudó, sustentó el cuerpo con café, cigarrillos, analgésicos y  licor, el régimen ya se notaba en lo holgada que lucía su falda en la cintura. Aún frente al espejo la indiferencia seguía subiendo escalones, dejando atorada entre los dientes algunas certezas, con los consejos de los allegados vetados por el silencio y la terquedad activo-pasiva que se desenvolvía en sus adentros. Nicole, comenzó a desnudarse con la mirada perdida. Desabotonó con rapidez la blusa que una vez fue blanca, la boca inquieta parecía un volcán colmado de miserias; miraba con recelo el cuadro a sus espaldas sin necesidad de voltear, en el que yacía la fotografía de la boda, el reflejo del espejo mostraba la representación con tanta claridad que lo real y la infamia parecían la misma cosa en un estado sólido que lapidaba la blanda tranquilidad de la fémina.

El retrato les figuraba sonrientes; a Roberth con unos ojos despreocupados y soñadores; con una afeitada total, un gesto de niño queriendo ser adulto en un traje negro y ella, con el cabello castaño degradado en sepia. Sentada sobre un sillón de madera, con un vestido elegante, mangas de encaje largas bordados en perlas blancas, una tiara que cubría parte de su estrecha frente y unos ojos delineados con juventud. Volteó con facilidad la falda  para quitársela también, esquivando aquella materialización del pasado que decoraba la pared, prosiguiendo de igual forma con el sostén y la braga. 

Caminó hacia el cuarto en el que permanecía mientras estaba en la casa, el sucio de la morada se sentía en la planta de los pies. Su caminar desanimado, con los hombros bajos y las caderas entumidas buscaban recargarse de motivaciones inflamadas e infectadas en la habitación de las güijas. Antes de entrar en el cuarto recordó tener que ir por los fósforos para encender las velas, y con un suspiro hastiado casi evaporando la voluntad salió a buscarlo.

La dama, gastó una suma desmedida comprando las mejores tablas de güijas de la localidad. Todas las que pudo, otra parte del presupuesto lo consumió entre velas y fósforos. A la mujer se le veía de tienda en tienda, con su luto penoso, su sombrilla negra y la cara lavada cual loca comprando un poco de cordura. Miraba a los demás con los ojos hinchados provocando pesares a quienes les correspondían. Llevó hasta el cuarto todos los juguetes mágicos y con las velas formó círculos que encendía para conjurar sortilegios que le permitiesen entablar comunicación con su amado en el más allá, pero todo era inútil. Las horas morían entre sus dedos pegados en el tablero, esperando que las fuerzas sobrenaturales los movieran, esas frustraciones se condensaban en su cuello y columna. En los retazos de tiempo que el sueño la noqueaba despertaba sudada y angustiada volviendo a invocar a Roberth lamentando incluso su vigencia en este mundo. 

Dedicaba las madrugadas luego de jugar a la güija a mirar fijamente una ilustración que Bradford había dibujado. Consistía en una Geisha con un quimono que caía de uno de sus hombros, la asiática de espaldas miraba hacia atrás y en su omóplato se leía “Madame Trash” y a su lado descansaba un zorro de varias colas. Todo el dibujo estaba a medias, y Nicole se sentía así, a medio hacer, e incluso, desdibujada, al menos aquel personaje estampado en un papel siempre sonreía. A veces movía las manos entre las letras formando un “te amo” que le patrocinaban llantos incitados con la sudoración causada por una pieza carente de ventilación.

Gastaba vida con las fronteras difusas de lo oculto y lo nihilista, de lo onírico y lo tangible. Los dientes resbalosos le notificaban que el tiempo continuaba el paso. El esperma de las velas casi alcanzaban sus nalgas y afuera a veces se escuchaban los gritos respectivos de los dolientes ante los nuevos muertos por la guerra. A ella, le había dejado de importar toda esa faena de angustias, nacionalismos, holocaustos, rabias, Japón y los judíos. Las agujas de los relojes circulaban machacando cada vez más su anatomía azotada por sí misma. Estancada allí condenada a podrirse como el agua inmóvil.

Afuera la guerra dispuso a las mujeres a trabajar como los hombres, mientras éstos morían o se desmembraban tratando de resguardar a las quimeras que alimentaban las excusas más que las razones. A Nicole se le veía casi muriendo el ocaso, sobria con los recuerdos circulando en las venas como vidrio molido, las piernas llagosas y las manos llenas de ampollas, cada vez más consumida y esquelética, visitando algunas licorerías o tiendas, procurando encontrar más tablas de güijas, las otras resultaron inservibles y la necesidad de seguir intentando hablar con su amado Roberth Bradford se consagraría como su proyecto de vida. Luego de sus salidas, duraba días encerrada, agotando y renovando toda esperanza de sentir a su esposo, ante la cobardía que le causaba pensar en el suicidio. Ella, su embriaguez, anhelos y pesadillas rebuscando en el vacío espectros ausentes, paulatinamente demacrada y obsesionada por contactar lo “inexistente” en mundos paralelos que no le daban paso, hasta entonces Madame Trash, la güija y el licor eran sus aliados.

Autor: Carlos Arturo 

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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos