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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Sonando ese ayer

El tiempo se deslizó en mi gesto, imaginándote a ratos cortos que se fueron prolongando. Sonrisas involuntarias pintaban en mis labios esa palabra que no mencionaba, porque mis ojos la gritaban en silencios y en ruidos.


Y mi vida hizo chispa, mientras que los colores vivían en mis trazos. Aquellos miedos se agudizaron, pero, poco me importaba soltarlos y escupirlos de mi existencia.


Vigilias nocturnas pensando, y las diurnas hipnotizado, me hacían entender que a veces lo normal se puede volver abstracto.


Mis preguntas tenían respuestas mucho antes de haberlas formulado, pero era mejor tragármelas para no dejar de creer en esa hermosa magia.


Comencé a navegar sobre nubes que jamás pudieron sobrellevar mi peso, el de aquellos recuerdos y el de mis sentimientos… ese sobrepeso era el helio que me permitía volar a mi antojo.


El viento olía a esperanza, y el silencio era la introducción a tu pensamiento.


Nunca olvidaré esos días en que tus ojos de pigmento terracota me miraron. Cuando sonreías a la vidorria y reprochabas tus sentires. En la vida dejaré entre renglones tus estructuras de hierro que otros rompieron como el vidrio.


Esos días muertos para ti, siguen en mí como rememoraciones especiales.


Para entonces sólo ayer queda de los días de escuela, de mi timidez, de mis escritos perdidos que hablaban de ti, de tu vida y la mía. Quedan los recuerdos y estos párrafos de esa memoria que he desempolvado.


Hoy, esa sonrisa es patrocinada por aparatos correctivos, mientras mi sonrisa sigue siendo la misma. Tú felicidad hizo metamorfosis, y la mía ya no es tu existencia. Se evaporó la arena de ese viejo reloj y nuestro tiempo expiró.


Me enamoré del amor, y tú de las bajas pasiones. Mi cabeza rompió ideologías y la tuya se infló de peculio. No dije te quiero, sin embargo, jamás lo esperaste. Lamentablemente, somos desconocidos con un pasado en común.


Autor: Carlos Arturo



martes, 22 de septiembre de 2009

El Exilio de Lily


Esa joven había estado dando vueltas en la cama durante toda la madrugada. Ya el amanecer comenzaba dar noticias de su presencia en la ventana. Eran justo las 6:00 a.m. Pero por dentro de la habitación seguía la oscuridad dibujando grises mas claros al rededor gracias a los rayos de luz que se colaban a juro.

Era el 12 de marzo y con la alborada llegó la determinación de hablar con su madre. Le explicó que no se sentía con las mejores facultades para dar aquel paso, que no le amaba y que no la podían obligar a contraer un lazo nupcial sólo por el capricho y el interés mutuo en contraposición de su sentir.

Aquella mujer de 27 años, sentía que era hora de poder volar con alas propias . Pero la sumisión era más fuerte que la voluntad de gritar el “No” a todo pulmón. Sus padres no podían reflexionar ante las inquietudes de Lily. Para ellos lo más importante era escapar a facilidades y burlas de la pobreza que les estaba infectando.

Llena de horror y ahogada en el egoísmo de sus padres Lily corrió hasta llegar a un parque. Se sentó en una banca ubicada frente a una laguna de agua turbia y sucia, pero no obstante, rebosante de vida. Observó con detenimiento como la gente escupía sobre la laguna, y como los peces devoraban esa espuma blanca del producto humano.

Sin poder olvidar los aconteceres que estaban coronando y encadenando su vida, se echó a llorar por aquellas movidas que habían desgastado los tejos. Se dio cuenta de que ella para su familia sólo era una salvación eficaz a los problemas económicos y una escapatoria para no descender de estatus. Toda esa placa de duro roer la había hecho invisible en todo esplendor.

La llovizna dio apertura una fiesta en la laguna, cada gota inquietaba la superficie del agua. Se dibujaban hondas repetidas que se abrían de a poco, pero eran interrumpidas por hondas nuevas. Forjaba un maravilloso espectáculo. Pronto la tierna llovizna mutó a aguacero y Lily dejó que ésta le mojara el cuerpo, que la arrullara y la vistiera en su manto cristalino y extintor de fuego. Seguía sentada en aquella banca. La lluvia tentaba a clarificar ideas y refrescar la mente y a su vez le camuflaba las lágrimas.

El sol se ocultó repetidas veces hasta llegar el 18 de marzo, y de estampa el periódico anunciaba el acercamiento de su boda con Luís un ganadero respetado. Ese café caliente nunca había quemado su lengua como ese 18 de marzo. Sus días de libertad comenzarían a consumir. Sólo 15 días era el margen que complementaría su desgracia. Lily quedó absorta por lo que estaba leyendo y decidió hacer un plan ideal.

Tres días antes del matrimonio, se había hecho una recepción para dar a conocer a la sociedad a la pareja de futuros esposos. Todo marchó como era de esperarse. Esa misma noche Lily tomó su ropa y la equipó.

Ya tenía todo preparado, Lily huiría con gran dolor en su alma, pero entendía que en ese territorio no estaba su felicidad. Dejó tres cartas: una para su madre (explicando las razones de su partida), a su padre (disculpándose y reclamando), a su prometido (dando las razones válidas y deseándole la mayor felicidad del mundo). Las dejó sobre su cama y escapó por la ventana.

Su mejor amiga la llevó hasta el aeropuerto, con lágrimas en los ojos Lily había decidido el exilio para comenzar una nueva vida y buscar el camino correcto que sus padres le habían torcido. Abrazó a su amiga y salió abrigada.

A las 12:00 a.m. del 02 de junio salió el vuelo hacia ese país que le brindaría las fuerzas para volver a empezar, dejando con gran dolor esa tierra que le había visto nacer, que cimentó sus pasos y vio como los años hacían de ella una mujer. Su historia, su vida, su familia y amigos ahora yacían en su cerebro y unas cuantas cosas en una maleta.

Al llegar y respirar el nuevo aire, miró a su alrededor, y comenzó a dar los primeros pasos sobre esa nueva área, en aquél piso hizo sonar sus tacones. Las puertas de vidrio se abrieron dándole la bienvenida que de nadie ni nada esperó, un corazón latiendo fuerte para salir a la calle y de sus labios pintados salió un suspiro dejando salir el humo de sus miedos, de su temor a equivocarse y aspirando miramientos nuevos le continuó una sonrisa pequeña y la siguiente frase: “Las historias tienen segundas partes, y la mía comienza desde ahora”.

Se colocó los lentes de sol en el rostro. Con una mano tomó el equipaje y con la otra echó su cabello para atrás. Desde ese día se dejo devorar por el nuevo país, y se perdió entre la gente que le rodeaba... su figura se fue mezclando con la muchedumbre hasta que la vista no la pudo captar.

Autor: Carlos Arturo.

martes, 15 de septiembre de 2009

En su nombre



Sufriría por las heridas que otros le hicieran,

empedrado en su recuerdo y su existir….

De la forma más compleja dibuja maravillas en mi boca,

de la manera más sencilla ella me tienta a participar en su vivir.


Sin ella la vidorria se me acartona,

con ella siento que brilla el porvenir.


En las distancias pienso hasta en su sed

y ruego al cielo besando el viento que no se ve.


De cabellos negros y ojos como la madera fresca.

De ternura y malcriadez,

que marchita las penas con su saludo,

arranca sonrisas con su correr.


Inmensa como el océano y diminuta en su talla.

Que hunde sus huellas en mi blandes.


Tengo miedo por su futuro,

pues no a todos complace con su aparecer.

Tengo miedo de no verle más,

porque nunca falta quien trate de excluirla de mi vivir.

Y de nuevo a mis brazos vuelve con su gemido,

A buscar el cariño que le pertenece por derecho.


Haciendo un vestido con mi abrazo, y accesorios con mí poder.

De vientre tibio y de cariño hasta humedecer.

La que no me deja solo,

ni siquiera al amanecer.


La misma de hace años atrás, que perdona sin decir una palabra.

Que me enreda en su red, haciendo sentir su querer.


Ella guarda un pequeño archivo de mi vida,

y empapa de amor mi mejilla.

Impaciente y juguetona, silenciosa y temerosa.


Anastasia es su nombre y mi procurar su apellido.


Autor: Carlos Arturo

viernes, 11 de septiembre de 2009

11 de Septiembre: el día que fue muerte.

Las penas aún se retuercen en el aire humedecido y melancólico. Si permaneciera todo en silencio el viento dejaría escuchar los gritos inmutables de miedo, penas y llanto.

El poder corroe el barniz del sentimiento. Sin miramientos... destruyeron, pisotearon e hicieron bolas a lo que se dice no matarás.

Condenados al recuerdo de aquella peste gris plomo iniciada por el humo del fuego previo. Ahogando el oxígeno de vida. Pintando la tragedia.

Los culpables se hacen borrosos... pero poco importan cuando la vida de tantos hombres y mujeres es apagada en el derrumbe de las gemelas gigantes. Esas, que por mucho tiempo pintaron en lo alto el azul del cielo y mantuvieron vidas en sus entrañas.

Cada 11 de septiembre se añade un año más en que la desgracia sólo dejó escombros e imagenes de agrio sabor e inspirado correr de lágrimas. Fotos en honores a los castrados de la vida, a la realidad que no corteja, que no consuela y que no dice nada pero refleja cual espejo de los sentidos lo que acontece.

Sólo huecos quedan en familias, en amores, en presencias y en espacios. El vacío que no conduele pero que dice lo mero de lo que pasa. Mientras unos se acuestan y cierran los ojos, otros, se levantan y los abren.

¿Culpa del resentimiento o de una estrategia? no lo sé... lo único que puedo asegurar es que ninguna excusa es suficiente como para apagar vidas con el soplo del aire y el fuego explosivo.

Autor: Carlos Arturo

viernes, 4 de septiembre de 2009

Anécdotas de ella

El breve espacio que queda entre nosotros es un lazo que puede romperse, mas está ahí custodiando que mis manos le permitan llegar a donde yo quiero.


No me habla de eternidad pero me sonríe cuando sabe que lo pienso.


Con restos del pasado, de sentimientos, de vida y terceros llega a mis rincones como la ola que golpea las costas, que humedece y erosiona, que me impulsa y me ata.


Aprendí que junto a ella la soledad no es una maldita locura, y que su olor no me fatiga. Ella con el silencio hace hamacas donde cuelgan mis pasiones, rabias, alegrías y sentires de la vida.


Con mis dedos deja que dibuje su silueta, rompiendo mis bosquejos y estructurando aquello que mi pensar la comprometa y deja caer estrellas a esa poca experiencia mía.


Aunque se ausenta por temporadas no me abandona. Cuando llega de sus viajes clandestinos y sin avisos, me envuelve en sus resonancias y me dibuja con su fantasía una porción de realidad.


La comparto en ocasiones, porque sé que puede auxiliar a otros de la oscuridad que atemoriza, de la saeta que vuela y que con el caer de sus pedazos hace más negra la noche.


Ella es quien jamás pensé que fuera ella. Impaciente, tierna, pasional, violenta, realista y adictiva. Con canciones y recuerdos, con voces y momentos, con vidas y con muertes permanece latente junto a mí.


En congojas y felicidades me golpea de forma tan sublime que me niego a dejarla.


En las noches de insomnio está ahí para recordarme las cosas importantes, y que el amor después de todo no es malo.


Cambió mi vida, jugando con las piezas perfectas, cambió el concepto de otros hacia mí por medio de mi actitud. Ya nunca fui el mismo, ya nunca miré atrás igual.


Llegó a mi vida de la forma más vulgar, ordinaria y hermosa. Se mantuvo educándome, mostrándome con más objetividad el mundo. En ese momento supe que no nací para sufrir, ni para ser feliz; nací para vivir en las bifurcaciones de las mismas emociones.


Y aunque su nombre no he mencionado, lo conservo tatuado. Ese nombre tan común, pero lleno de significación, de mis mayores emociones ella ha sido testigo clave, luego hace saber a los demás de lo que estoy hecho. Ella tiene tantos calificativos que no es fácil definirla bien.


Mojado en su presencia he desarrollado éstos párrafos, a mi lado con murmullo me observa, con promesas que no llegan al jamás escribo sobre ella, a quien tanto amo, y respeto, mi compañera esencial y mi adjunto de victorias.


Autor: Carlos Arturo.


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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos