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viernes, 19 de abril de 2013

La exiliada de Macondo


     - Mamaita, siempre nos enseñó a hacer de todo, incluso jabón con la concha del plátano. Pa’ lavar era buenísimo; la ropa quedaba blanquita – relata Violeta con variedad en su tono de voz y rastros de orgullo titilando en el universo oscuro de su iris, mirando el último recuerdo en vida de su madre, una representación fotográfica en su agonía y ella llena de juventud con la faz dirigida a verla con el mismo moño que ha llevado siempre y al parecer el mismo luto desde entonces. 

      La senil dama, que siempre inicia sus tertulias cual cronista de vidas sobre quien la concibió y todo lo aprendido en aquel pueblo de olvidos consentido por el atraso, con su armadura de cueros prietos es un libro de leyendas e historia oral encarnado; desafía al tiempo con su bolsa de medicinas, el estricto régimen dietético y con cuanta grosería se le asome en la garganta al momento de una rabieta, sin embargo, tanta desafianza ha provocado que las presencias celestiales transgredan sus procesos  químicos de tal forma que, donde se siente o se pare deje un montón de arena, de esa desértica, árida, de relojes que cuentan la vida de Matusalén. Y cuando tose, el polvo abruma su presencia, como si la ocultase de tanta extrañeza; un intento que la hunde más en lo  inexplicable del ser. Al respecto, afirma estar seca por dentro, que en las cavernas de su alma y en las cavidades de sus entrañas solo hay una acumulación vergonzosa de polvo, mismo, tragado seguidamente en sus intentos desaforados  por escapar del aislamiento de Macondo, tierra que profesa ser el lugar de su infancia, terruño del cual resiente haberla dejado estéril, sin que un hijo le lubricase aquello tieso y deshidratado por los estragos de la natura.

     Susceptible a toda carcajada propiciada por su inusual biografía, procede a hablar sobre la tierra de otras tierras del presente.  - Macondo es un manicomio,  un asilo para esos leprosos del alma; allá todos están condenados a la locura, a la sedienta costumbre de esperar o buscar las arenas movedizas de la soledad y morir de todo entusiasmo hasta fallecer o perderse en los espejos por haber olvidado marcar la ruta de retorno con un hilo rojo– refiere Violeta, con una carraspera desagradable al oído  que aspira corroborar la desecación en sus adentros; con la mirada amenazante y las manos temblorosas, aún así mascullando la remotidad y el peregrinaje hasta donde ahora yace sentada, desmoronándose por las fisuras reaccionarias de quien necesita la muerte rebosando en vida, recogiendo sus recovecos con escoba y pala, para no tener que añadir más explicaciones de las que da ante su inminentemente progresiva vaciedad.

    A través de sus sandalias se muestran unos pies deformados que cuentan una vida de ir y venir a quién sabe dónde;  escamosas y callosas plantas incitadoras de la angustia, por un andar inclemente  a través de la diacronía infestada tardíamente de la artritis, jugando a pausar el paso y degenerar las formas. De los muslos para abajo hay semejanzas con una V inversa, dolorosa, pero indulgente mientras tanto y frente a ella, una andadera que no limita los funestos, pero propias secuelas de la senilidad.


    No obstante, en los momentos de alivio y tranquilidad, la somnolencia le dedica unas nanas, por lo cual, alcanza un nivel de relajación tal, que a pesar de irse desmoronando y acumulando en el piso, va encorvándose cada vez más, hasta llegar a un momento en que la fluidez alerta al oído y despierta asombrada, como cayese por algún macizo formado por acumulación de años; y sonríe apenada, así sea a la soledad,  compañera recurrente de su  transcurso histórico.

    Violeta, se siente abandonada por la deidad; su impaciencia lo evidencia a rabietas. Se nota anormal, como un caso aislado de las míseras epifanías de la vida, en que se armó la pachanga mas no llegan invitados  solo saqueadores. Ella lo abandona a él, aferrándose al minúsculo dios de Macondo, muy parecido a éste, pero más interesado en sus desgraciadas creaciones; quizás, piensa eso mientras lava la prótesis que suplanta la dentadura perdida en sus años mozos. Tal vez, la tortura del tanto deliberar se haya vuelto en un enjambre de cuestiones rutinarias, como lavar los platos después de comer, o recoger la arena que deja a su paso.

   Por las noches, tose poniendo un trapo húmedo en su boca para no estornudar. Abre el chinchorro con la caja del gato abajo, reciclando su propia arena. Y obedece el horario de las gallinas con recelo. Lo cumple, empollando las razones por las que debería despertar, no sin antes aplicarse pomada de chuchuguaza en las piernas para desajustar el sabotaje que implica en ocasiones la vejez.

    Al despertar toma un baño con un tobo y pote, aun cuando halla una regadera. Comienza la labor diaria de armarse el moño de siempre, con una destreza admirable que festejan los cueros flácidos de sus antebrazos. Sus imaginarios tibios se dan por servidos para la continuidad, completamente convencida de que el agua engorda, de la efectividad de los antídotos puestos en sereno y en Luna llena; del hilo rojo en la frente para el hipo y de las presencias espectrales que buscan intensificar la tortura a veces deliciosa de existir. Húmeda por fuera y seca por dentro prosigue, hasta que le toque volver a Macondo agonizando, en un ataúd o como ánima en pena, en busca de su añorada y amada madre.

Autor: Carlos Arturo

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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos