jueves, 27 de agosto de 2020

Carta de despedida

He muerto buscando el trasfondo de vivir, 
por inercia, por libertades, porque ha tocado, 
diversas formas en las que me atenté. 
Un instante último rechina, 
el cuerpo alterado en adrenalina envuelto, 
la agonía es colapso y el dolor que enceguece, 
de pronto todo termina, es inexorable. 

Estas muertes, sí, en plural 
apenas son bisutería para La Parca. 
Me he visto entre epifanías, 
apilado en la misma fosa común, 
muy dentro
                    profundo
                                 lúgubre. 
Enterrando cadáveres y cada uno, yo. 
Nunca me despedí, no fue prioridad, 
hasta ahora avistando los mañanas. 

Morí cuando tuve el respeto ajeno, 
cuando profetizaron mi destino, morí. 
Cuando creyeron saber qué hacer conmigo.
Les quedó sólo la idea y la palidez,
algún rezo de lo inútil
una pizca de vacío. 
Perecieron los jardines babilonios, 
el espejismo. 
Un patio común de modesto arbóreo les fui. 
La verdad hirviente les salpicó, ahí me cocía. 
Morí porque este cuerpo era el resto, 
cofradía de afirmaciones terceras. 

Mamá supo de mi suicidio
al borde del llanto reventó en la dureza
telares negros de un velero anunciando un supuesto, 
darlo por hecho y lanzarse a las piedras, 
Ahogarse en aguas saladas como Egeo. 
Trata de entender aún que hiciera añicos a ese hijo. 
No imagina que morir es verse desde afuera. 
Ese ultimado, quien fui, el falaz, es ánima, 
Se expone a ratos en imaginarios nostálgicos. 

He muerto de hambre y vanidad, 
Con los ojos abiertos acechando espejos, 
distorsionado en los reflejos; aquel extraño.
Envenenado con mi saliva, 
fue un largo trecho aplaudido. 
Sentí la rigidez en las articulaciones, 
la aprobación del entorno fue la urna, 
el halago perfume para mi hedor. 
Se volvió velorio la concurrencia, 
morí lejano, naufrago, embriagado, 
repleto de moscas buscando huevar. 

En la niñez y la adolescencia morí. 
Sólo quedé en las fotos, dolió. 
Fui arrastrado por el tiempo, 
obligado. 
Fallecí también en los que murieron, 
esos yo en una diáspora del subsuelo, 
una noción desdicha… deshecha. 

Morí de descendencia, sin extender linaje. 
Curarme de Dios, desinteresarme, morir de fe. 
Morí de amor, pero no fue definitivo. 
Morí de rencor, desangré mis venas. 
Sonreí al morir en un libro, 
diciendo adiós supe que moriría. 
La promesa es seguir muriendo, 
Empuñen paradojas. 

Agonizar cada vez es menos duro, 
al decidir que un juego cerrado se debe jugar. 

Esta es mi epístola de un adiós, 
para los que ahora saben que nací y renací 
un espacio evacuado de letras, un interlineado;
en la nota de píe es preciso señalar: 
“Todas las muertes han debido ser, 
desde esa mínima antes del orgasmo, 
en la que el corazón se para por milésimas, 
hasta la irremediable 
en la que la sangre se detiene.” 
un ensayo perenne, un descuento a cuota. 
Y moriré hasta la última vez, 
cuando Caronte me pida su moneda y la tenga. 

Lo sé, en un futuro soy un cadáver. 
En lo evidente suscribe la anacronía, 
He vuelto de algún cementerio, es formal. 
Mi epitafio dice: “.”. 
Tengo la certeza y la paz, 
Mi cuerpo lo soporta y sabe desde siempre 
Nació para morir.

Carlos Arturo

domingo, 29 de diciembre de 2019

Balido

Me creció la barba,
mientras florecían y marchitaban los lirios,
se terminó el perfume
sin contar las veces que me corté el cabello,
inmedible el desespero que me abrasó;
las enésimas veces
en que rumié las siete letras de un sintagma.

Me sentí Edith mirando hacia Sodoma,
pila de sal después de la combustión
inamovible con el mundo ocurriendo
lúbrico y pletórico,
abatido y hundido,
pletórico, ilusionado y lúbrico 
humillado, rasgado y avergonzado.

De aquel agosto primaveral
a este enero soleado
aparcó un cansancio expansivo,
donde lo bello de la promesa fue un ruido cotidiano,
no sustentable
hasta la inflexiva crisis.

En todo el cuerpo hubo un cimarrón
reventando las correas del amarre,
las marcas cuentan la leyenda del cansado;   
de quien ha tenido que recomponerse.

He llamado al demonio por su nombre,
para descolocar la brutalidad progresiva
y me he ido a dormir con la entelequia desflorecida
pudiendo algunas noches conciliar el sueño 
sin dificultad.

Carlos Arturo

viernes, 5 de julio de 2019

Háblame de la sombra de aquella ventana que no pudimos fotografiar.
De la flor silvestre que ha crecido en el pavimento agrietado
de la soledad en las calles en el imperio del miedo.
De todo lo que no hemos podido ser,
pero somos.

Cuéntame de nuevo de ese día
cuando fuiste de piedra
y te miraste desde arriba.
cuando te encontraste en el jardín de las delicias
desnudo, pasmado y craquelado
jurando que Bosch te dibujó.
Sin miedo, confiesa el secreto,
ese de sentirte tonto por verte en todo.

Cuéntame del poema jamás escrito
que apenas recuerdas.
Problematiza el ajetreo cotidiano
y la eflorescencia del espíritu;
la noción de lo hondo
y la desesperación.
De tus ganas de ser un gato
y estar ajeno al mundo.
Cuéntame de las luces encendidas
o de cuando te dormiste temprano.

Repite los olores que no debo olvidar.
Reitera tus consideraciones sobre los espejos, el reflejo y la costumbre.
Dime que la rabia a la vida es insustentable
insostenible
que el odio a la ascendencia es odio propio.
Dime del cansancio y la somnolencia.
De tu miedo a tener razón.

Recuérdame los trasfondos de los sueños y del lenguaje
para admirar a esos pájaros hablando en griego.
La importancia del mercurio en la alquimia.
El bifronte en los nombres de la primera pareja de Dios,
y la belleza prometida en inmemoriales tiempos.

No dejes que se vaya lo que creo conocer
sin haberlo conocido
que duerma un poco más
y despierte a deshora.
Háblame del equilibrio del santo
para no caer del pedestal
y de ese inofensivo chiste de los dioses.
Dilo, por favor,
el hastío es para otro día
no dejes que me duerma.


Carlos Arturo

miércoles, 17 de abril de 2019

03 de junio


I
Bajo un toldo un perro aguarda
que baje el caudal que barre la arena de las calles;
parece entender nuestra urgencia
está pensativo, mirando todo con compasión.
Ha estado lloviendo,
pienso al perro entristecido por el aguacero
enlutado por la orfandad
con su pelaje negro como un smoking mojado;
el callejero es paciente,
ve caer el agua en un país menesteroso.

II
Mi sobrino cumplió años hace dos días,
antes de pensar en el perro negro
pensaba en la policromía de una sima
en que todo color se funde y pierde en el negro.

Del negro venimos y al negro vamos.

Pensaba en el calor del primero de junio
Viendo transpirar a mi sobrino
con la mangas de su camisa sucias
de tanto secarse el rostro.
Pensaba en los pies cansados de su madre,
por tanto buscarle agua.
En su angustia por las reservas bajando.
Pensaba en el hastío de su padre,
en su piel oscura, reseca y tostada
-como el café que tuesta y muele a eso de las 11:00 a.m.-
en la insolación y los ardores,
en la inclemencia de estas tierras abrasantes.
Pensaba con la garganta seca, y apenado
por tener que pedir un vaso de agua
en los pies descalzos sobre las superficies calientes
desesperados en su andar por calles y aceras
que han timado a los ojos con charcos de agua
que se evaporan en segundos al acercase.
Pensaba en mamá con la mano adolorida
por tanto agitar el abanico,
en sus finas blusas empapadas de sudor.
Pensaba en quien no llora
para no aumentar la fuga de líquido,
en quienes alcanzaron llegar a los ríos.
Pensaba en un pueblo sin agua
en la desmoralización que nos otorga la sed
en los cuerpos descompuestos y humillados
en la agitación y en la ira desmedida 
en lo violentos que nos vuelve la carencia.
Pensaba en quien maldice esta ruina antropomorfa
con los labios agrietados y escamosos
antes que los once años de Ángel, mi sobrino.

III
¿Cómo hemos resistido este clima infernal,
esta garganta del dragón?
¿Cómo se sostiene tanto apego a estas tierras
deforestadas por la urbanidad y corroídas por el sol?
¿Quién? sino quien espera que se le seque rápido
la ropa recién lavada
Reflexiono furioso y desganado
babieco por el calor,
resignado como un árbol en el mediodía,
como un cactus, inmóvil y sin agua
tragando mi saliva,
con los pigmentos estimulados
la sequía circundante
a punto del incendio.

Me despiertan las voces  
resuenan por encima del agua golpeando el piso
la luz se ha tornado más fría
¡Al fin ha llovido!
Vienen charcos verdaderos y no espejismos
La lluvia es el refugio
hoy, mediana salvación.

IV
Es como si fuera un milagro, llueve.
Mientras personas salen con las bocas abiertas
como pozos secos,
otras criaturas buscan refugio,
algunas son arrastradas.
Pienso en la química del agua al integrarse con la tierra
en la sipa, el barro y los olores que desprende.
La gente se baña en las calles,
los chorros que vienen de los techos caen sobre los cuerpos
caen sobre los recipientes de nuestras cotidianidades
caen sobre nuestra cólera diluyéndola.
¿Quién se ha apiadado de nosotros
en este fogoso litoral desprovisto de estaciones?
¿Existe algo así como quién se pudiera apiadar de nosotros?
¿Cuál es el milagro: la lluvia o nosotros que resistimos
como piedras en el país de las necesidades?

V
Bajo las goteras que se cuelan por el techo he puesto bañeras,
Llueve duro, no hay donde refugiarse del estruendo;
las gárgolas brotan chorros anchos de agua,
la que nos ha salvado,
al menos de los cuerpos salados por tanto sudar.
El horizonte es gris, irónicamente, hoy es un color alegre.
Todos piensan que han sido salvos;
importa el agua, así no sea potable.
A todos, el ruido nos ha dejado sordos,
no importa cuanto pueda gritar el sentido común,
hay una embriaguez fluvial que no deja pensar
hemos sido mojados
la sed persistirá.

Llueve
desde una ventana he podido ver la alegría colectiva,
se vislumbra todo como un milagro,
¿Cuál será el costo de esto para mañana?
¿Importa mucho eso ahora?
cuando hoy se puede lavar la hediondez de nuestros desechos
cuando al fin no tenemos que calcular el agua para un baño.
A un gentilicio desesperado no le ocupan los efectos
cuando ahora la natura atiende un problema de gestión política
la barbaridad nos atenaza por el cuello
pero el aguacero nos hace creer que no estamos siendo ahorcados,
mientras tanto un perro bajo un toldo, paciente, espera
que escampe para cruzar la calle
y yo espero llenar todo lo que se pueda
con el agua de la lluvia.

Carlos Arturo

viernes, 4 de enero de 2019

Soliloquio



Nuestro destino es el olvido.

No pienso en la piedra, 
en el metal, 
en la madera 
o en el papel para grabarte. 
Estás en el baúl de la sobriedad, 
en lo más oscuro 
debajo de las prioridades, 
del deber ser 
en el cofre de la prudencia 
donde tu nombre felino palidece en cautiverio, 
resguardado de la impresión ajena 
entre los pliegues del pudor 
como una grosería 
como el presagio de la ignominia. 

Modosa adoración sin pecado concebida 
cortina de ventanales. 
Es la soberbia un paliativo. 
Cada referencia de ti ha sido saliva tragada 
silencio
lo intangible. 

Lo nuestro 
perdón, lo mío, para ti es el olvido. 
desistir ser oda 
entender los espacios ajenos. 
Calcificar ese anhelo de Deví, 
anular distorsiones corporales para las cabidas. 
Ver los telares negros y al contrario de Egeo, seguir con vida. 
Esta procesión se lleva por dentro 
para nunca dar fe de ti en mí, 
para no irrespetar, 
para no alborotar anatemas, 
para no tener que borrar, 
para ser aséptico de la boca para afuera. 



Carlos Arturo

sábado, 28 de julio de 2018

Lo irremediable

Imagen tomada de: https://es.123rf.com/profile_prill


Deme un momento.
Debo cuidar lo que digo,
Cómo lo digo.
No sea que le ofenda
porque ahora me toca pensar más,
ser más respetuoso y mesurado.
Porque se supone que ahora sé cómo podría sentirse.

Ha pasado:
¿Ha caído en cuenta?
el sonido de la hiena ya no es una carcajada,
que el tiburón neonato se ha comido a sus hermanos,
y que se desmorona aquel idílico Edén.
Nos ha tocado renunciar,
Renunciar no solo a la facilidad de las cosas,
 también a correr por la impaciencia.
Renuncias y te sientes tonto mientras recuerdas.

Las dudas se han recombinado
sin saber si sostienes o desbarajustas más el mundo.
El miedo se ha reinventado,
no está en el armario o debajo de la cama,
el miedo ahora es el mundo.

Lo has comprendido:
El cielo no es más cercano porque estiras los brazos.

No puedes alcanzar el horizonte,

te ves corriendo en dirección al sol,
con las piernas cortas y el corazón agitado.
El entorno es etéreo, como una vieja Polaroid.
Lo han llamado recuerdo o añoranza.

Lo siento,
el cuerpo pesa y el dolor de espalda avisa,
los años pueden caer como un aguacero,
los daños germinan sus semillas
mientras la muerte se nutre de los retoños.

Ahora,
maquillarse y desmaquillarse puede resultar tedioso.
La casa es un manojo de pendientes.
El juego de la vida ha reventado en seriedad.
La barba ha crecido,
el pubis es vergonzoso,
(Y al menos yo me rasuro,
por esa terquedad inutil de estirar mi aspecto pueril)
Como también llorar puede serlo.

¿Lo sabe?
Ya no hay dientes de repuesto,
el cansancio es más frecuente,
el rostro se descrema
el berrinche no funciona.
Lo sabe, como yo.
Irremediablemente hemos crecido.

                                                                                                                                          Carlos Arturo

 

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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos