Conoce a quien está detrás de las crónicas

viernes, 27 de agosto de 2010

Las sombras del ardor


Ese 5 de agosto fue la fecha de no olvidar… era una tarde perfecta; fuertes vientos que hacían susurrar los árboles, con las hojas danzando su destino olvidadizo, el sol interpolado por las nubes, y los sentimientos sobrios que me apretaban la existencia. Aún recuerdo la entrada a la casa de Elena, era una puerta elegante y tan extraña…, pero hermosa. Sus bordes perfectamente redondeados, un lienzo de madera fina, con dibujos arabescos y ese toque elegante de caoba barnizado. Toqué la puerta maravillado con su esplendor, golpeé y sentí que los nudillos de mis dedos se daban un festín de aristocracia. Pero aquel orgasmo materialista se tornó en un real desespero. Nadie abrió la puerta y me vi obligado a entrar por la ventana, como los gatos, como el ladrón, como una rata buscando algo que comer.

La ventana daba a una habitación empolvada y toda sucia, sin embargo era tibio su acogimiento, me las arreglé para abrirla como pude, y al fin cuando pude entrar sólo el silencio interrumpido por mi respiración turbada era lo que se podía escuchar. Mi cabeza latía como el corazón, y mi intriga encendía el fuego en mis venas. Quede inerte durante unos minutos, contemplando las sombras de la ausencia, con el pensamiento anclado en mis motivaciones y convicciones. La fuerza y el poder me arrastraron hasta la manilla de la puerta, mientras el ocaso caía y dejaba esa luz amarillenta y somnolienta.

Al otro lado de la puerta estaba el pasillo, el piso era un espejo, podías reflejarte perfectamente, la luz fluorescente ambientaba el lugar de manera artística, las paredes del pasillo eran blancas con adornos dorados y amaderados. Tan limpio y a la vez tan sucio, era algo que se envolvía en sus contradicciones, como el hecho de estar yo ahí, pisando morada ajena, buscando un boleto, el boleto que me arrastraría a las consecuencias, mas la continua sed me mordía las costillas, me quemaba la mente, me humeaba el deseo de encontrar lo que ese cofre de nácar opaca me guardaba, como la perla albergada en la ostra.

Recorrí cada habitación extasiado con la grandeza del lugar, mover las cosas de su lugar era un pecado imperdonable, tocarlas con mis manos desnudas era querer tocar mi sentencia. Cuando al fin llegue al cuarto de Elena, no me costó darme cuenta que era el suyo con sólo un par de miradas. Su cama era inmensa, vestida de seda negra con las almohadas perfectamente acomodadas, al final de la inmensa cama había una toalla roja, aún húmeda y perfumada con el estigma de Elena, me abracé en ella con el libido mórbido provocado por sus caderas redondeadas.

No podía sacar de mi cabeza su imagen, su cuerpo de cintura hecha a mano, sus labios inciertos y su mirada distraída. Cuando la puerta sonó me asusté como nunca, y me escondí debajo de la cama. Se escuchaban sonrisas y la música del licor chocando en copas, ella gritaba con alegría y sentía el eco de sus pasos acercándose con otros pasos que no le seguían el ritmo. Yo estaba tan espantado, que el corazón se podía escuchar sin mucho esfuerzo.

En el instante que la vi entrar en la habitación estaba completamente borracha y desnuda con el deseo excitado en sus ojos, y tras ella un tipo con solo la corbata puesta se me fue el mundo encima, y me segó el trecho de la furia cuando la cama se removía por la embestidas. El momento se hizo eterno, como un castigo por haber irrumpido en el lecho ajeno.

De pronto todo se hizo sigiloso, con la señal de los ronquidos del granuja que me quebró la ilusión, salí de mi escondite y me fui hasta la cocina reteniendo el furor que me consumía, pero la violencia y el arrebato me brincaban en el estómago, como el revoloteo fogoso de aves cazando. Miré el reloj y era media noche, el vecindario estaba completamente abrumado por la noche y cerca del reloj había un martillo que me provocaba con su brillo metálico… lo tomé y me terminé el licor sopeteado por labios ajenos a los míos. La garganta prendía en ardor, las manos llenas de ira y con mis labios secos de venganza me fui hasta la habitación. Ellos, durmiendo profundamente casi hechos un nudo. Tomé el martillo con mi mano derecha y senté el primer martillazo en el cráneo del maldito, apenas y se movió y seguí dándole con el martillo hasta que el aliento se me escaba. Me fui a un rincón con salpicado de sangre, y me vino en mente que el arrepentimiento, comenzaba a elevarse y salté de un brinco y me esmeré con Elena mientras el verter de la sangre marcaba la riegos en las paredes. Corrí como loco y rocié alcohol con perfumes encima de los cuerpos muertos, encendí un papel con un encendedor y lo tire admirado de ver como el fuego se comía a la carne. Seguí mi camino y corrí a salir hasta la ventana por donde había entrado. Las luces de las llamas comenzaban a imperar en la casa, mientras yo alcancé a correr lo que pude mientras las nauseas y el temblor me dominaban el estómago y las piernas borrando la razón y colocando en su lugar lo obtuso, en ese momento tropecé con la raíz asomada de un árbol y todo se hizo oscuro.

Cuando desperté y entré en razón, mi di cuenta de que estaba en un hospital, y con un dolor de cabeza terrible, me incorporé como pude y decidí escapar, cuando abrí la puerta del cuarto clínico estaban dos policías custodiándome. En ese momento me di cuenta de que mi mayor error no fue haber matado a los desgraciados, sino, haber entrado a la casa. No me quedó otra que contar mi historia, en los acontecimientos que hoy me condenan a vivir en olvido de una cárcel, con este constante cáncer que es la condena que me come y dibuja en las futuras arrugas escuetos momentos. Desde un claustro vivo detrás del olvido, jugando a vivir en los bordes del abismo, mientras que otros descansan en paz, yo me quedo a pagar la respuesta de los daños causados, a calarme los días y callarme gritos en las noches. Soy una víctima de todo esto, un pájaro enjaulado, un animal que obedece sus instintos, natura de la naturaleza… Detrás del olvido sigo recordando lo que otros olvidan, detrás del olvido soy el agua que se pudre estancada.

Autor: Carlos Arturo

miércoles, 4 de agosto de 2010

Providencia, bordeadora del olvido.

Desde 1983 que nos trasladaron al nuevo centro médico, mi vida entristeció; verme alejado de aquella isla me mató el sentimiento de pertenencia. Sentía que mis raíces no cimentarían en ningún lado, sentía que la inutilidad visitaría mi cuerpo con el recorrer del sol y el pasar de la luna. Mi providencia quedó condenada al olvido desde el instante que nos tocó a todos cruzar el agua lacustre e internarnos en la ciudad.


Recuerdo que cuando llegué a la isla apenas era un niño, abandonado por mi madre y alimentado por la tristeza y el resentimiento de verla partir en aquel bongo que la desplazó al difuminamiento del olvido. Su cara húmeda aún la recuerdo con fuerza, grité tanto en el muelle… tanto, tanto que caí de rodillas sobre la madera húmeda, en cambio ella jamás volteó. Su pelo inquieto por el viento, el inmenso sobrero negro que llevaba, el vestido hermosamente bordado, su indiferencia tatuada por el rechazo es lo que aún me quema las venas, desde entonces, cada tarde me senté a orillas del lago alimentando la falsa esperanza de su regreso, mientras el ocaso me consolaba y me enseñaba a vivir sin esperar el abrazo de ella, la que me adoró tanto y de eso no quedó nada.


Tuve que volver a adaptarme a un mundo, a una nación de gente a la cual me habían enseñado a tenerles miedo, a rechazarlos, a no mirarlos por las ulceraciones que padecían. En ese instante fui yo quién recogió y atajó las miradas de un montón de esos seres, conforme fui creciendo me resigné a volver a ser un humano, renuncié a la espera de una mirada amable de los sanos, el mal de Hansen había condenado a la isla a ser la isla del terror, de los relegados, a ser una dimensión donde todos estábamos por igual, salvo a las enfermeras, el cura, los cocineros y otros individuos que estaban sanos y ejercían tareas de sanidad, barbería y cocina. Hasta que un nuevo llegado se daba cuenta la verdad, pero no podía volver a la polis marabina, debía consolarse con nuestra existencia y reconstruir su vida a base de adaptación. Éramos la mayoría, trabajamos hasta donde nos lo permitiera la lepra, algunos perdían la sensibilidad, a otros el dolor nos provocaban angustia. Los mutilados y los más afectados eran los que más sufrían condenados a la rutina del no hacer nada, a vivir sollozos por aspecto terrible que alcanzaban. Sin embargo, los de afuera no sabían las alegrías que habían allá adentro; siempre tuvimos reglas que respetar, como la de que en ninguna circunstancia salir de la isla, pero esa tranquilidad y la convivencia cotidiana sin las malas miras es algo que sigue llenándome de nostalgia, todavía me pregunto si los que aún siguen vivos recuerdan con tanto amor a Providencia….


Cuando llegamos al Hospital del Palito Blanco el olor a asepsia quemaba las vías respiratorias, aquello para mí no fue agua bendita, fue tan maldita como quienes decidieron sacarnos de nuestro propio hábitat, a destajarnos los recuerdos y desmembrarnos los órganos que estaban adheridos a la isla y a nosotros. Yo pude entender la alegría de unos, pero ¿quién pudo entender la desgracia que ocasionaba el hecho de que me sacaran de ahí? Hoy he dejado atrás la maldita y dolorosa enfermedad del mal de hansen, volvería a ella si eso significara el retorno a mi amada Providencia.


Nunca nos faltó nada, iglesias, cines, plazas, casas, consultorios y nuestra propia moneda. Hoy Providencia es solo ruinas, la perla del Lago de Maracaibo es un apocalíptico encuentro con el recuerdo, es una ofensiva blasfemia de lo que fue en mis tiempos de juventud, la conocida “isla de los leprosos” bordea el abismo del olvido, mientras sus muertos aún esperan flores, su iglesia deteriorada espera oraciones y las calles invadidas por la vegetación pide a gritos que las huellas la estigmaticen de nuevo. El ruido de las voces, fue cambiado por la melodía de las olas al ritmo del viento y del cantar de los pájaros. Mis raíces en la isla son más fuertes que el recuerdo de mi madre, pero los fantasmas en ella son quienes moran allí.



Actualmente:


Autor: Carlos Arturo

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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos