miércoles, 10 de octubre de 2012

Mientras papá duerme


      En la sala hervía un conglomerado de murmullos, el cuchicheo en coro de las plegarias; un montón de manos arrugadas y pecosas imperaban rodando las perlas a través de sus huellas dactilares, rezando el rosario pidiendo con fe desmedida por el alma del difunto. Alejandro, a sus 4 años las veía como una manada de criaturas extrañas, con pieles ennegrecidas, con algunos rostros resecos y otros demasiado humedecidos. A unos cuantos adultos los miraba asqueado al escuchar sonar sus narices, pero a su madre la avistaba con incomprensión; destrozada, con la cara limpia, sin el típico labial rosa de su rutina. 

    Cada vez llegaba más gente;  individuos arropados de telas negras sollozando en la caja amaderada en la que yacía la fría anatomía del progenitor de Alejandro. Todos ellos cumplían las acciones de ver al difunto y abrazar a la viuda; el joven infante se sentía como en una reunión a las 16:00 horas, en la que no podía interrumpir lo que hacían los adultos, solo que esta vez no leían un libro o tomaban el té. Él miraba bostezando de vez en cuando a todas esas figuras portando trajes blancos y negros; elegantes personas desfilando sus tristezas o intentos de ella ante sus ojos pequeños y café, que a propósito, era lo que abundaba en las tazas de todas las manos de los que reducían el espacio en su casa e incrementaban la temperatura. Sus bocas inquietas degustando a sorbos aquella infusión marrón prieta, disimulando algunas sonrisas con dificultad o apretándolas en un gesto de lamento.

   El funeral de pronto era una reunión de viejas estocando con sus lenguas a todo gesto insubordinado del cuadrado luto, de hombres mirando el culo de las más jóvenes, de mujeres rezando con furor una oración de vírgenes que en nada se ajustaba al sujeto, de consanguíneos con la tranquilidad borrosa y algunos pubertos tomándose fotos. Cada quien aruñando el intento de entretenerse, y con éxito al parecer; cada uno formando una sociedad desaliñada en claroscuros inducidos, solo por esa vez.

   Alejandro, con su limitada forma de llevar balances perdió contra él mismo en el juego de contar bostezos. Los dedos de sus manos abiertas contaban cada uno, y hace rato se había quedado sin éstos para ocuparlos con uno nuevo, pero qué importaba, pensó en algún momento, diez bostezos eran suficientes para caer víctima del aburrimiento poderoso que le agitaba la imaginación. Sudado, con el cabello desaliñado y algunos regaños de mamá permanecía sentado con las piernas intranquilas, los cordones flojos y los zapatos lustrados.  Se soplaba el flequillo de vez en cuando para refrescar sus ideas creativas y juguetonas – papá duerme profundamente – dijo mamá horas antes acariciando su mejilla, mientras el pequeño preguntaba de qué estaba hecho el sueño – de pausas y aliento – respondió la dama con los ojos brillantes, aunque a Ale se le hacía más fácil pensar que la hechura de éste era de leche tibia o del ruido de la tv.

    De pronto pararse de la silla y fingir ser un pistolero podría espantar al granuja aburrimiento o molestar a la legión de adultos a contraatacar con unos fulminantes “¡Shhh!”. ¡Uy, cómo dolían esos miserables Shhh… que dejaban su imaginación humeando y en picada! O de pronto tararear el opening de su caricatura favorita, para ser llamado impertinente. - ¿Qué diantres era eso? – pensó sentado como estatua en la silla.

    Desde el asiento no podía más que observar a la multitud, las coronas de flores y cofre en el que su padre se encontraba acostado. Cansado, se levanto y haló la falda de su progenitora; le indicó que quería ver a papá durmiendo, pero ella solo le guiñó el ojo irritado de tanto llorar, mas su ternura estaba intacta y sobrecogedora. Alejandro con los hombros caídos  y con cara de berrinche anduvo por la casa, escuchando palabras extrañas que no entendía como: huérfano, desamparado, padrastro, viuda, entre otras. Cuando resignado decidió volver a la silla de los niños bien portados volteó hacia la puerta que daba a la calle, sus primos los gemelos, llegaban sondeando con sus ojos verdes desde el techo hasta el piso de la casa, con el gesto de desorientados dibujados en su rostros. Él corrió hacia ellos sonriente y desenfadado, con una euforia silenciosa saludándoles – Me ha dicho mi mamá que tu papá murió en un accidente – dijo uno de ellos.

Alejandro con cara soberbia respondió: “Él esta durmiendo; me lo dijo mi mami”.

- Qué fiesta tan rara – dijo el otro.

- Es que mi mamá celebra que papá por fin no está roncando – argumentó Ale con la camisa arrugada.

- Mi mamá nos advirtió que esto era un funeral – susurró uno de los gemelos, seguido por el otro que afirmó con el rostro.

- Yo no sé qué es eso. ¿Qué tal si jugamos con mi consola de juegos? – preguntó Alejandro, que con la confirmación de ambos niños corrieron felices al cuarto del pequeñín. 

Autor: Carlos Arturo

2 comentarios:

Ana Márquez dijo...

"Es que mi mamá celebra que papá por fin no está roncando..."

Sí, la comicidad en medio de la tragedia. Ningún niño debería pasar por ese trance. Un relato soberbio, como siempre, amigo Caco, de una factura impecable. Mis felicitaciones y mil gracias por tus siempre amables comentarios en mis lares :-) Un abrazote hermano.

Mariluz G H dijo...

Me llamó la atención la misma frase que a Ana :)

Tan bien contado que sentí el aburrimiento de los bostezos, escuché al coro de las plegarias y por fin sentí el alivio de salir a jugar con los gemelos. ¡¡Grande Caco!!

abrazos querido amigo

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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos