lunes, 29 de marzo de 2021
viernes, 15 de enero de 2021
La luz perpetua
Encendí la luz en noviembre
para ser centinela de tus noches.
Tomé tu mano y me miraste
reconociste a tu niño,
besaste mi mejilla y tu belleza me tocó
desapareciendo el hervidero en mi interior;
en diciembre me diste un nuevo nombre,
que he sollozado hasta el dolor de pecho
hasta la disnea;
han cambiado nuestros tiempos.
Es enero, y no estoy en casa.
Fue nuestro peor año,
estuve cansado, al punto de la desesperanza
conteniendo una furia punzante,
pensando en un poema sobre la viscosidad de la rabia.
Tú, con el cuerpo abatido
llenando cántaros con lamentos
estoica resistiendo el oleaje de los daños;
esperando que llegara a casa con algo para ti,
como quien insiste en taimar a Las Moiras.
Fue nuestro peor año,
pero siempre lo nuestro fue más grande que esta
tragedia,
más grande que ese Nibiru orbitándome adentro,
más grande que este irremediable silencio
plutoniano.
Te sobé la espalda para aliviar tu dolor
lloré en silencio para no causarte más angustias.
Me sonreíste para alumbrarme esa noche,
dijiste: “aún no”, dos veces
confié en tu promesa,
en tus victorias magnas.
Sin querer nos perdimos,
y perdimos,
a mitad del telar de Érebo,
con las Litaí abrumadas por tu nombre.
Dormías cansada de luchar
lejos de los azufaifos y nuestros lirios
fuera del alcance de la luz que encendí,
frente a un enjambre de langostas
consumiendo hasta la última hoja de tu jardín.
El amor no nos salva, mamá.
Lo que callamos al mundo entre todos los ruidos.
Porto un desierto
en mi media luna fértil
cuánto espacio en desuso,
cuánto destierro del Edén;
todos los aromas disipados
lo que veo frente a la llama de Hestia extinta.
Me quedas, como un Comala
Llueve.
Vamos en pasillos angostos,
en los que nos es imposible voltear.
No sé cuál sea hoy tu esperanza, mamá
la mía la llevo empuñada en el corazón,
volverte a ver más allá de las representaciones,
de mi memoria.
Porque soy otra vez un niño
que no sabe cómo retenerte ante el paso del tiempo
que busca volver a casa en medio de la multitud
que imagina que piensas en mí
y sonrío prometiendo estar bien.
Mas en el fondo le inquieta el mundo
y olvidó cómo dormir con la luz apagada.
sábado, 28 de noviembre de 2020
El dulzor de Hestia
atrajo las hormigas.
La casa cansada
el hogar roído
los dientes de los días
La insaciabilidad carcomiendo los cimientos.
La casa resiste,
rozada de miserias
¿es acaso Hestia un atlante
sosteniendo la promesa del desplome?
¿Qué soporta este refugio,
más allá de la historia y el cemento?
Las hormigas han rastreado el dulzor de Hestia,
se llevan el coral de las paredes
mientras un gato duerme sobre un mueble roto.
El tiempo se detuvo en el pecho de Cristo
la última cena siempre en el comedor
son las siete con veintitantos segundos,
siempre.
Ya no es el tiempo
son los daños.
No son los daños
es la desgracia.
Hestia se resigna
al harapo de su efigie,
al desgaste de los colores.
Calla la calamidad entre los muros
calla cada grieta nueva de la pared
cuando alguien ocupa los espacios
de promesas,
la incerteza del mañana.
Hestia prende fuego a la esperanza
para que el hogar no se desdibuje,
está la mesa y la comida,
la cama y el habitante,
el piso y la escoba,
la ventana, la cortina y los ojos
la voz y los nombres
la vida y el amor,
mientras ocurre el hogar
Hestia esconde sapos apenada
por no poder evitar filtraciones de la lluvia.
Carlos Arturo
sábado, 7 de noviembre de 2020
Receptividad
Si entre las febriles pasiones surge mi imagen
si te pienso por encima de los cuerpos y los rostros más bellos.
si estando la jaula abierta regresas a comer de mí
y resuenas en mí como la música de las bahías.
Si te ha complicado la existencia un compromiso inestable,
te hostiga para permanecer,
y mantener el control te acelera los latidos;
si en mi pecho flamea el candor
al punto de ser hogar sin ser casa
y te escribo un poema que callaré por años.
¿Importa quién paga más cuotas de cariño?
Si eres confeso de yo ser de ti
si sonrío de complicidad.
Si me buscas por sobre los peligros callejeros
si te espero con el silbido en el septentrión del estómago,
si en tu círculo de sal me miras
y lo desdibujas para colarme.
Si me sumerjo en tus profundidades,
hasta el delirio
contando omnisciente y etemo qué es llevate adentro.
Si te miro por sobre lo correcto
si disfrutas de mi paganismo
y desmoralizado te abro la puerta.
jueves, 27 de agosto de 2020
Carta de despedida
domingo, 29 de diciembre de 2019
Balido
viernes, 5 de julio de 2019
De la flor silvestre que ha crecido en el pavimento agrietado
de la soledad en las calles en el imperio del miedo.
De todo lo que no hemos podido ser,
pero somos.
Cuéntame de nuevo de ese día
cuando fuiste de piedra
y te miraste desde arriba.
cuando te encontraste en el jardín de las delicias
desnudo, pasmado y craquelado
jurando que Bosch te dibujó.
Sin miedo, confiesa el secreto,
ese de sentirte tonto por verte en todo.
Cuéntame del poema jamás escrito
que apenas recuerdas.
Problematiza el ajetreo cotidiano
y la eflorescencia del espíritu;
la noción de lo hondo
y la desesperación.
De tus ganas de ser un gato
y estar ajeno al mundo.
Cuéntame de las luces encendidas
o de cuando te dormiste temprano.
Repite los olores que no debo olvidar.
Reitera tus consideraciones sobre los espejos, el reflejo y la costumbre.
Dime que la rabia a la vida es insustentable
insostenible
que el odio a la ascendencia es odio propio.
Dime del cansancio y la somnolencia.
De tu miedo a tener razón.
Recuérdame los trasfondos de los sueños y del lenguaje
para admirar a esos pájaros hablando en griego.
La importancia del mercurio en la alquimia.
El bifronte en los nombres de la primera pareja de Dios,
y la belleza prometida en inmemoriales tiempos.
No dejes que se vaya lo que creo conocer
sin haberlo conocido
que duerma un poco más
y despierte a deshora.
Háblame del equilibrio del santo
para no caer del pedestal
y de ese inofensivo chiste de los dioses.
Dilo, por favor,
el hastío es para otro día
no dejes que me duerma.



