domingo, 11 de marzo de 2012

Lluvia en Villa del Rosario.



     El horizonte del pueblo comenzó a nublarse, de pronto una vista gris de sombra amplia se acomodó en una porción de la Tierra de gracia. Los perfumes de la sierra de Perijá se expanden con el viento medianamente húmedo, noticiero al olfato y tacto del aguacero que se avecina. En la Villa del Rosario, la lluvia se asocia profundamente a imaginarios melancólicos o temerosos al son de una fotografía vivencial significada por la realidad de los delirios sobre la tangencia y la sustancia en lo desterrado de lo real del pensamiento.

     Un cielo taciturno para una sociedad obstinada, en constante guerra con la postmodernidad y demás periodos degradados aferrados a los cráneos de los villanos de Perijá.  Diacrónicos que rinden culto a la vida con la tristeza que les despierta el caer de las gotas.

     De pronto, hay un ritmo de natura pura sobre las superficies. Música de viva estampa que densa el clima y refresca las insoladas carreteras del pueblo a las cercanas faldas de la inexplorada dama perijanera. Un monte Olimpo despoblado de dioses, montaña desfigurada que alberga formas de vidas alternativas sobre esa piel de Adán a medio hacer, paraíso del Edén que aún violento sigue siendo profanado y herido en la búsqueda de las riquezas brutas para ignorantes. Décadas pasadas, se le podía ver en su imponencia inmovible desde la Villa, hoy es un trabajo duro que termina con tortícolis y cansancio.

    Llueve en Perijá, tierra que cuenta con menos de tres centurias. El agua que derraman las nubes humedecen las viejas casas de barro e intensifican los colores modernos de viviendas coloniales que nadie asocia a sus orígenes. Las vacas en la plaza Bolívar ni se inmutan al reventar las gotas sobre sus cueros, los canes de la calle con la piel salmón y rojiza de la sarna corren despavoridos a no empeorar su condición insalubre. La gente se queda callada sin más que pensar en Cronos crucificado a sus relojes, consumiendo oxígeno con un cigarro o café de aderezo. Hay quienes adoran a Juyá (Dios wayuu de la lluvia) caminando, corriendo o bailando bajo el espectáculo.

    En la plaza de las madres, mamá Pancha protege a un crío de los factores climáticos desde su pedestal. Desnuda, calva y  sin ojos, con la piel dorada, mirando lo desértica de su fuente, matizada con un moribundo limo. No muy lejos, la virgen del Rosario con la piel cuarteada da la bienvenida a los indiferentes pasajeros del tiempo y el espacio, reflejando en la lluvia alegría por la cercana oxidación que le espera. Aguacero refresca la desidia y consume los vapores porque el incendio nunca ha sido extinto.  

Sin embargo, llueve y no huele más que a nostalgia, reacción instantánea de los imaginarios ancestrales. A lo alto un sol perdido en el panorama buscando colarse entre las densas, nebulosas y opacas nubes. Abajo, todo se vuelve más pesado mas despejado con representaciones imaginarias lánguidas de la viveza de colores.

    Hay musas húmedas que apoyan sus muslos sobre los hombros de algunos mortales, peinando pensamientos con rulos de influencia helena. Rondan espectros ambiguos charlando cerca de los oídos desviando la mirada al abismo de la introspección. Cúpidos  con olor a tierra mojada jugando tiro al blanco en la soledad, también hay quimeras que piden pausa a los ojos abiertos.

     Mientras llueve a cántaros la paz se asoma y estira sus articulaciones. Casi todos se sientan a dejar pasar el concierto de la vida. Una analogía natural de la esperanza cíclica, relajante, temeraria, alocada, irreverente a las percepciones de un colectivo social en el espacio, pero siempre poderosa y fría. Llueve, porque todas las presencias teístas insisten en apagar el incendio, no ese de hace 138 años propiciado por caudillos de la época, sino por el del principio del planeta, por esa necesidad materna de crear barro para nuevos modelos de humanos, por calmar la sed de los pulmones del mundo y por refrescar pensamientos encadenados y con insolación inclemente, culpa de sus opresores.  

Comparto una selección de fotografías de la Villa del Rosario:



 "Iglesia principal de la localidad"

 "Monumento a mamá Pancha"


"Monumento a la Virgen del Rosario"

"Vista muy parcial de la Sierra de Perijá"

Imágenes obtenidas de:

Autor: Carlos Arturo

3 comentarios:

Gaia dijo...

Ojalá esas nubes vengan a visitarnos prontito por aquí, pues estamos de sequía des de hace varios meses y la cosa se está poniendo muy mal, tanto para los agricultores, para el abastecimiento de agua como para los bosques que estan empezando a arder.

Gracias por acercarnos a través de tu blog a Villa Rosario. Por cierto, es dónde vives?

Un cálido abrazo querido amigo :)

MariluzGH dijo...

No me gustan los días lluviosos, me comen la energía :) pero como son tan necesarios no me quejo.

Has contado de una forma muy bonita que llueve en Villa del Rosario :)

un abrazo grande

Mirna dijo...

La verdad que la lluvia puede o ser teerrible o ser hermosa o a veces las 2 a la vez, muy interesante el post y suena que bajo la lluvia debe ser un pueblo hermoso, sobre todo por las fotos lindas que pones, me convencio villa del rosario no debe ser, ES un pueblo muy lindo

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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos