
El día pasaba, y esa mañana amarga, cerrera y fuerte aún mostraba vestigios en su cara, su expresión rota, su sonrisa pisoteada por la realidad. Ella se preguntaba, qué había hecho para merecer tal castigo. Pero el gemido de su dolor cortaba todo intento de grito que pudiera desahogar toda esa horda de emociones que imperaban en su interior.
Se refugió en la escoba, la cocina y aquella vida mugre que había llevado. La noche dejó paso claro a la luna, mientras Valentina esperaba sentada a su esposo en un sofá color salmón, con ciertos rotos que contrastaban todo ese mundo que cayó de pronto. Toda su vida pasó frente a la desgastada casa, cada paso que daba con la mirada, era un recuerdo a un pasado que la hacía diferente a lo que era hoy.
Justo a las 3:00 a.m. cuando el grillo dedicaba serenatas a la sufrida señora de los otoños inexistentes, sonó la puerta, no era raro ese sonido, la lata no dejaba mucho sigilo tras ser tocada. Valentina se postró más o menos a un metro de la puerta. Por su cabeza pasaban tantas cosas, había maquinado todo ese discurso fúrico que dispararía sin lástimas, ni contemplaciones.
La puerta abriéndose dejó colar la luz opaca de un viejo farol que no daría mucho alumbre por tanto desgaste. - ¡Coño mujer, me asustaste!- gritó Juan al verla frente a la puerta con su vieja bata blanca y casi transparente. - Pensé que era un espanto – dijo más calmado y tragando saliva. Valentina sólo lo miraba, guardando silencios ante todas las anécdotas y palabras que dejaba caer al espacio Juan. Pero como un volcán todo aquello caliente y derretido comenzaría a salir tras unas lágrimas y un ceño fruncido.
Valentina se lanzó sobre Juan a golpe limpio y llanto corrido. Nunca tanto bullicio había propiciado una guerra que sólo ella había deseado empeñar. – ¡Maldito…! Como el día de hoy jamás te había odiado tanto, ¡Maaaldiitooo! - fue la introducción de esa mujer quebrada y taponeada por la rabia, la decepción y el corte repentino de sus alas. – mil veces maldito Juan – gritó, dejando salir un llanto desgarrador. Se podría jurar que las sombras de aquella casa voltearon a ver qué pasaba. La paz, estaba rota.
Juan desconcertado y perdido ante aquel alboroto raro preguntó: “¿Pero qué carajo pasa?, ¡cálmate!, ¿Qué coño he hecho?”. Tomándola de los antebrazos y agitándola.
-¿Quieres ver qué carajo pasa?, ya verás que carajo pasa…- sacó de un bolsillo de su bata un papel, y se lo arrojó. El papel con paciencia se dejó caer en el piso sumando más drama y suspenso. Juan apresurado lo tomó y preguntó: “¿Otra vez embarazada?”. Valentina, llena de odio le dijo que viera. Aquel hombre cuando vio lo que estaba en ese papel, se puso pálido, el corazón subió a su garganta y su lengua se hizo rollos en su boca.
Juan cayó al piso, con la respiración a medias. En ningún tiempo de su vida había estado tan mudo en tanto tiempo. Por su parte Valentina, tomó calma y miró su reflejo en un viejo espejo en la sala. Estaba toda roja e hinchada de tanto llorar, tomó la falda de su bata y secó sus lágrimas. – No quiero un adiós, no quiero pensar en lo que me espera, no quiero pensar en esto, pero sobre todo no quiero verte. Te vas y me dejas a solas con mi nueva inquilina- dijo Valentina con una mirada fría y mojada.
-Pero, pero, pe… ¿para dónde voy? No tengo nada mujer- respondió Juan todo tartamudo. Mientras que Valentina sólo lo veía por el espejo, hasta que se dio un giro y mirándolo fijamente le dijo: “Debiste pensar en todo esto, en la desgracia que me dejas ahora, ya no quiero ser el gancho de tu tendedero de baratijas- bajando la mirada. Y alzándola de nuevo le dice: “cortaste mi vida de raíz, y sabrá Dios cuántas más. El Sida no es una cosa que pueda perdonarte”.
Juan: “Pero mujer, estoy enfermo yo también”. – Lo siento por ti, y apúrate que va a comenzar a llover, tus trapos, los buscas al amanecer – Y a empujones sacó a Juan de aquella casa, sellando con un grito odioso la puerta de lata, echándose a llorar aquella mujer desconsolada.