
Son los años los que ponen obesas a estas remembranzas,
mientras otros crepúsculos le añaden telarañas a nuestras vivencias,
y tus olvidos se me hacen recuerdos alimentando resentimientos.
Como un pecado imperdonable te me estancas en este pozo
de aguas suspendidas en la cisterna de primaveras moribundas,
como un ateo sintiendo a Dios, como una indolencia al dolor
vuelvo a caer en el alcoholismo de tu existencia.
Porque en otras pupilas me veo reflejado en las tuyas,
como un espejo en el café de tu mirada.
El rastro de estos pasos me arrastran a tu maldición.
Y sigo perdonando y adjuntando culpas a esta circunstancia,
pendiendo de un hilo en esta lluvia de hojillas,
buscando la resurrección de esta necrótica esperanza en tus ojos.
Eres como un estupefaciente de permanencia incierta.
Una hermosa envoltura que esconde el cianuro en cantidades infantas,
el dulce placer que termina reactivando el dolor de caries.
Me consume la necesidad de quemar mis ñemas en tu piel,
me hastía fumar tu recuerdo atado de pies y manos,
¡Qué inclemente es esta banca rota de bienestar!
Una batalla que sigo perdiendo y no logro desmantelar.
Permanezco en este criptojudaismo en inquisición,
como el nirvana clausurado por falta de presupuesto,
Sigo en picada en este infierno de inviernos y calores.
Y como ves, sigo mejorando en este ritual de masoquismo.
Recolectado los vidrios de ventanas rotas,
conservando las semillas de la fruta que se secó,
haciendo el inventario de tus virtudes y menoscabos
para reparar los puentes oxidados por la salina de las lágrimas resecas.
Transigiendo contra mi voluntad ante los tratablilleos,
como un cristiano rezando a Visnú,
reteniendo las olas que te arrastran a mi orilla,
con un muro que se filtra por las grietas.
Autor: Carlos Arturo