
De sobra llevaba algo en el equipaje, ese símbolo que pronosticaba que su inocencia, que su dulzura, sus miedos y sus lágrimas eran una sintomatología del pasado.
Con maleta en mano, lo dejó inerte en la cama, boca abajo descansaba, en sus manos aún estaban las señales de los golpes que le había dado a ella. El maquillaje de la violencia le adornaba la cara, los resentimientos le confortaron el alma, y el impulso la vistió de gloria.
Esa noche de lluvia que caía del cielo, esa noche de lluvia que caían de sus ojos, esa noche de relámpagos le hicieron olvidar sus valores, la mariposa desdobló a polilla, y la supervivencia del más apto jugó su mejor carta… las ironías habían teñido de añil la inocencia de aquella mujer, que solo quería vivir una vida soñada.
Mientras él dormía, ella tomó un machete, recordando los insultos: “puta, inservible, insulsa, estúpida, maldita”, con pasos silenciosos y felinos se acercó… lo tomó por sorpresa y destajó lo que pudo de piel y carne…. Las clemencias no faltaron, sus palabras fueron gritos al silencio, sus lágrimas no le sirvieron, cuando arrancó su cabeza. La inocente estaba seca por dentro. La vida destajó otra vida; esa existencia hecha gajos, sin pulso alguno, aún conservaba en sus manos olores diversos, violencia, licor, tabaco, sangre, promiscuidad y sexo de honores. Las sábanas de seda blanca yacían estampadas de muerte viva.
Ante tal arte, ella tomó un baño, sentada frente al espejo le volvió a ver en su reflejo, sonrió, suspiró con orgullo, y comenzó a peinar su cabello. Su vestido negro estaba listo, un escote en V, ajustado al cuerpo. Maquillaje elegante y con zapatos de tacón alto tomó aire entre sus pulmones, agarró la maleta y con pasos sensuales y sonados bajo las escaleras hacia su exilio, abrió la puerta y caminó en dirección a la luna hasta desvanecerse en la madrugada y perderse en el ruido de la lluvia.
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