miércoles, 7 de agosto de 2013

Silencio

Silencio…
Rehuido de lo absoluto.
Impredecible sigilo que emula el ojo de huracán
a tiempos eco de la soledad,
en destiempo especulación nocional.
Entre paréntesis se despliega como un exilio
dilatando y redondeando las esquinas,
configurando un epicentro de contradicciones
en el que las musas y la inexistencia juegan ajedrez,
y a veces amanece…

Silencio.
Alarma de la introspección,
me adentro en tus entrañas de laberinto minotaurino,
ablandando los secretos rígidos en tu homenaje
erigiendo escalones desde la divagación,
con Erebo extendido en toda lateralidad
volviéndome alguna vez luciérnaga,
o farola, que alumbra la brecha del campo de batalla;
con armas nimias que bostezan antes de disparar

Silencio,
manicomio de este psiquiátrico,
embriaguez de este adicto;
Hoyo negro existencial,
amansa las fieras y a los monstruos,
al ritmo de su contundencia
y al cansancio del ver ahogados sus gritos 
para devorarlas procesualmente,
mas las regurgita por ocasional indigestión.

Silencio,
Fachada del olvido que se olvida,
Cofre de un yo intacto,
Que guarda gigantes y enanos aferrados al polvo,
Permaneciendo intactos hasta su abertura.
 Tertulianos intangibles que coinciden con la realidad
formando con los restos eso llamado verdad
desnudando la vulnerabilidad del ser en lo posible,
cuando las gallinas dormitan.

Silencio,
mordedor implacable inoportuno.
 Lamedor dócil pertinente.
Desdoblado en espectro,
funge como eje gravitacional de miedos y tranquilidad,
útero del críptico feto de lo incomprensible
Cordón umbilical del nacimiento divino 
entregado al bipartidismo del caos y la paz,
entre afluencias de suposiciones,  memorias y juicios.

Silencios,
motel del tránsito existencial.
Cóctel ambiguo para una esquizofrénica concepción del tiempo.
Absurda e imperante, búsqueda o encuentro.
Bandido y héroe,
o simple paso de la nada y del algo copulando,
vigoroso psicotrópico… incoloro, sin sabor e inodoro.
Extremo que trae en su galope a la locura,
mientras las Moiras afilan sus tijeras frente al hilo de la cordura.

Carlos Arturo

viernes, 19 de abril de 2013

La exiliada de Macondo


     - Mamaita, siempre nos enseñó a hacer de todo, incluso jabón con la concha del plátano. Pa’ lavar era buenísimo; la ropa quedaba blanquita – relata Violeta con variedad en su tono de voz y rastros de orgullo titilando en el universo oscuro de su iris, mirando el último recuerdo en vida de su madre, una representación fotográfica en su agonía y ella llena de juventud con la faz dirigida a verla con el mismo moño que ha llevado siempre y al parecer el mismo luto desde entonces. 

      La senil dama, que siempre inicia sus tertulias cual cronista de vidas sobre quien la concibió y todo lo aprendido en aquel pueblo de olvidos consentido por el atraso, con su armadura de cueros prietos es un libro de leyendas e historia oral encarnado; desafía al tiempo con su bolsa de medicinas, el estricto régimen dietético y con cuanta grosería se le asome en la garganta al momento de una rabieta, sin embargo, tanta desafianza ha provocado que las presencias celestiales transgredan sus procesos  químicos de tal forma que, donde se siente o se pare deje un montón de arena, de esa desértica, árida, de relojes que cuentan la vida de Matusalén. Y cuando tose, el polvo abruma su presencia, como si la ocultase de tanta extrañeza; un intento que la hunde más en lo  inexplicable del ser. Al respecto, afirma estar seca por dentro, que en las cavernas de su alma y en las cavidades de sus entrañas solo hay una acumulación vergonzosa de polvo, mismo, tragado seguidamente en sus intentos desaforados  por escapar del aislamiento de Macondo, tierra que profesa ser el lugar de su infancia, terruño del cual resiente haberla dejado estéril, sin que un hijo le lubricase aquello tieso y deshidratado por los estragos de la natura.

     Susceptible a toda carcajada propiciada por su inusual biografía, procede a hablar sobre la tierra de otras tierras del presente.  - Macondo es un manicomio,  un asilo para esos leprosos del alma; allá todos están condenados a la locura, a la sedienta costumbre de esperar o buscar las arenas movedizas de la soledad y morir de todo entusiasmo hasta fallecer o perderse en los espejos por haber olvidado marcar la ruta de retorno con un hilo rojo– refiere Violeta, con una carraspera desagradable al oído  que aspira corroborar la desecación en sus adentros; con la mirada amenazante y las manos temblorosas, aún así mascullando la remotidad y el peregrinaje hasta donde ahora yace sentada, desmoronándose por las fisuras reaccionarias de quien necesita la muerte rebosando en vida, recogiendo sus recovecos con escoba y pala, para no tener que añadir más explicaciones de las que da ante su inminentemente progresiva vaciedad.

    A través de sus sandalias se muestran unos pies deformados que cuentan una vida de ir y venir a quién sabe dónde;  escamosas y callosas plantas incitadoras de la angustia, por un andar inclemente  a través de la diacronía infestada tardíamente de la artritis, jugando a pausar el paso y degenerar las formas. De los muslos para abajo hay semejanzas con una V inversa, dolorosa, pero indulgente mientras tanto y frente a ella, una andadera que no limita los funestos, pero propias secuelas de la senilidad.


    No obstante, en los momentos de alivio y tranquilidad, la somnolencia le dedica unas nanas, por lo cual, alcanza un nivel de relajación tal, que a pesar de irse desmoronando y acumulando en el piso, va encorvándose cada vez más, hasta llegar a un momento en que la fluidez alerta al oído y despierta asombrada, como cayese por algún macizo formado por acumulación de años; y sonríe apenada, así sea a la soledad,  compañera recurrente de su  transcurso histórico.

    Violeta, se siente abandonada por la deidad; su impaciencia lo evidencia a rabietas. Se nota anormal, como un caso aislado de las míseras epifanías de la vida, en que se armó la pachanga mas no llegan invitados  solo saqueadores. Ella lo abandona a él, aferrándose al minúsculo dios de Macondo, muy parecido a éste, pero más interesado en sus desgraciadas creaciones; quizás, piensa eso mientras lava la prótesis que suplanta la dentadura perdida en sus años mozos. Tal vez, la tortura del tanto deliberar se haya vuelto en un enjambre de cuestiones rutinarias, como lavar los platos después de comer, o recoger la arena que deja a su paso.

   Por las noches, tose poniendo un trapo húmedo en su boca para no estornudar. Abre el chinchorro con la caja del gato abajo, reciclando su propia arena. Y obedece el horario de las gallinas con recelo. Lo cumple, empollando las razones por las que debería despertar, no sin antes aplicarse pomada de chuchuguaza en las piernas para desajustar el sabotaje que implica en ocasiones la vejez.

    Al despertar toma un baño con un tobo y pote, aun cuando halla una regadera. Comienza la labor diaria de armarse el moño de siempre, con una destreza admirable que festejan los cueros flácidos de sus antebrazos. Sus imaginarios tibios se dan por servidos para la continuidad, completamente convencida de que el agua engorda, de la efectividad de los antídotos puestos en sereno y en Luna llena; del hilo rojo en la frente para el hipo y de las presencias espectrales que buscan intensificar la tortura a veces deliciosa de existir. Húmeda por fuera y seca por dentro prosigue, hasta que le toque volver a Macondo agonizando, en un ataúd o como ánima en pena, en busca de su añorada y amada madre.

Autor: Carlos Arturo

miércoles, 30 de enero de 2013

Autopsia de mí


¿Qué es eso?
Interrogante que rebota ante el espejo
metamorfosis de la simplificación
presumida por una dificultad con lastre ancho.
Dinámicas inducidas
que exploran paréntesis en esta psiquis.

¿Qué hago?
Celebrando los difuntos que proceso,
setenta que aún me miran en las representaciones,
pidiendo estrangular el bifronte del lado más incómodo,
saldando un trueque de aceptación por cambios,
sumándole vida a esta vida,
reinventándome ante miles de córneas de jurado.

¿Quién soy?
Producto que en post de golpes es servible,
penumbra fragmentada por la luz,
ente que gira sobre su propio eje,
y he dado tantas vueltas…
que ya no sé si es mareo, emoción o embriaguez,
que no sé, que tan profunda sea la batimetría de mis razones.
Desde allá, soy eso que labró una metempsicosis
aquí soy un interludio de lo mismo, de renovada estética.

¿Qué busco?
He buscado un lugar en el puro hedonismo,
pero un paréntesis existencial interrumpe su coherencia.
He buscado ser otro,
y encuentro en las anclas una inteligencia turbadora.
He buscado brincar sobre mis defectos,
mas me agarran y me besan con amor.
He buscado esconderme,
terminando encontrándome en evidencia
He buscado respuestas,
sobre el excusado de la existencia.
He sido sin dejar de ser,
he estado coleccionando experiencias,
por si algún día se amerita un currículo.

Soy…
y no me dejo de sorprender de ello,
Estoy…
en medio de los efectos y las causas
Voy
renovando contratos con mi anatomía,
procesando las promesas a mi psiquis
resurgiendo entre vanidad y bienestar.
Soy…
un nómada de rutinas,
desvelando el autoconocimiento,
mientras escalo por las costillas de la duda.

¿Soy?
¿Ese que se mira en el espejo?
Sin lograr asociar el nirvana con el éxito.
Sin poder desvincular mi yo con los demás.
Ese que ha priorizado sus querencias
en un contracorriente desmedido y prejuicioso.
Soy el de los 145 aquellos,
Bajo una nueva presentación. 

Autor: Carlos Arturo

viernes, 11 de enero de 2013

Todo lo que sobra



Como el café al despertar,
o esa necesidad de mirar el reloj en la angustia,
popa para asumir roles en la contemporaneidad,
cefalea en la abstinencia
vergüenza de la envestidura asumida como desnudez.
Ahí vamos, configurando la existencia,
desafiando los cursos de las funciones.

El deseo de abrazar la prole tóxica,
los inventos que a diario cepillan la inutilidad
la intangibilidad nutrida de imaginarios humanos,
avalada por circulares voluntarias y obligatorias de Cronos.
La herencia de querer aquello que no falta,
pero sí…

Típico de la necesidad, derramarse.
Tópico que las variantes pateen el tobo que las mantiene.
Porque la educación nos enseña y prepara para esa hazaña,
y el mundo a agregarle enceres 
a esa tienda por departamentos que abruma al sentido común.
Concubinos de la esclavitud de la confusión,
ante el fenómeno tan polémico de necesitar…
Todo lo que sobra.


Autor: Carlos Arturo

lunes, 5 de noviembre de 2012

Espectros en los cristales


Adriana balbuceaba una colección de gemidos e intentos de palabras inentendibles, algunos apoyados en la cordura afirmaban que era el idioma de los locos. Una verborrea amplia  y líquida que costaba agarrar con las manos del conocimiento. Débil y atolondrada permanecía con los ojos dormilones en el cuarto de observación, sin muchas fuerzas y con una farmacia de somníferos en sus venas, era una emulación femenina de Sansón. Negada a abrir los ojos, obligada por los efectos propios de estar dopada.

    Desde el otro lado de la ventana de observación la veían diversos científicos,  tratando de entender qué fenómeno o trastorno psiquiátrico corroían la tranquilidad de la joven que gritaba como si los demonios le arrancaran las pestañas. Del lado de ella había un entorno silencioso y blancuzco, en el que sus sueños y pesadillas gravitaban sobre la ansiedad que al pasar el efecto del medicamento descolocaba la dictadura de aquella paz inducida. En la periferia de la ventana, la soledad se condensaba en su reflejo. Hacía unos años había perdido la voz cuando a todo pulmón trataba de explicarle a su madre sin éxito lo que la turbaba en realidad.

    Nadie sabía, ni entendía. Adriana, corría con los ojos cerrados, al principio soltando maldiciones y un llanto desconsolado y despavorido, cuando sus vecinos la escuchaban se encerraban prendiendo velas a los santos, persignándose y rezando el salmo 91. En el barrio, todos comentaban que el Chamuco quería desposarla y que cuando se veía al espejo éste la besaba y le hacía chupones por todo el cuerpo. Luego, la joven de tantas explosiones de voz, con las cuerdas vocales desgastadas y una garganta deteriorada no podía más que correr hasta que el suelo la atajase con abrupto. Mientras ello ocurría, la curvilínea dama era una referencia inmediata a las comparaciones con alambres, su vientre de Venus se había hundido tanto que el ombligo casi se le pronunciaba hacia afuera; un cuerpo reducido y esquelético, con las rodillas y los codos sobrepoblado de cicatrices, y sin dientes frontales, pero ya qué, si sonrisas era lo que menos aparecían en los labios empellejados de la fémina.

   Tres días antes de ser recluida sufrió otras de sus crisis demenciales. Todo lo que accionó la locura en ella fue una jarra que miró por un lapsus corto. Las piernas le comenzaron a temblar y su boca se inquietó. Sus brazos lánguidos se abrieron con brutalidad y torpeza, se levantó respirando agitadamente y tumbó la jarra de agua, cuando quiso mirar al suelo la cosa empeoró. La cerámica la reflejaba perfectamente, de nuevo cerró los ojos y como un animal horripilado quiso correr arremetiendo contra todo objeto en sus cercanías, como una estampida, los platos sonaban al caer al piso, los niños lloraban en el caos y ella desesperada solo quería sentirse acariciada por la violencia del piso, caer inconsciente ante la inconsciencia de obedecer a los impulsos del pánico.

    Los espejos habían desaparecido, no solo de su casa, sino de la de muchos de sus vecinos que tuviesen hijas hembras, el temor de que Satán despertase pasiones por aquellas vigorosas damiselas ante lo desdeñada y caquéxica que estaba su actual pretendida.

     Adriana, con sus párpados corrugados daba vigencia de ese intentó repetido de sacarse los ojos en más de una ocasión. El reflejo en el espejo mostraba un monstruo en vez de su imagen, tan horroroso que dolía en los sentidos. Lo olía ardiéndole las fosas nasales, lo tocaba áspero en las alturas, baboso en el centro y peludo al final; lo saboreaba con resabio ferroso, característico de la sangre, y lo escuchaba sobre ella cuando corría con los ojos cerrados hasta desvanecerse dejando su lucidez en una penumbra absoluta en algún lugar del barrio, sirviendo de festín a los zancudos o siendo el entretenimiento de turno de los morbosos.

    Terriblemente sola estaba la desconfigurada criatura, abrasada de un misterio que asustaba a los de su alrededor, a veces perdida en el oscuro cuarto de chécheres para ver si así su madre invisibilizaba a trozos las antologías de vergüenzas y los llantos a chorros, al ver cómo se marchitaba su pequeño capullo ante fuerzas desconocidas. Feamente sola, Adriana en su mundo de cristales reventados; desconsoladamente sola, su madre con los pies embarrados de prejuicios y la cabeza pulcra a medias.

    El esqueleto forrado de piel que resumía a la joven, tan desganada de la vida permanecía con sus pies líquidos, que al levantarla se derramaban atajándola el piso, con un cuerpo deshuesado de voluntad y unas ojeras fundamentadas en sus arrebatos. Y así llegó hasta aquel cuarto que olía a vacío en vez de tierra mojada. Adriana con el cadáver de la dosis de somníferos en sus venas despertó, vislumbrando un iluminado techo blanco, miró a la derecha, luego a la izquierda, cerró los ojos nuevamente, cuando los abrió se enfrentó a aquella ventana que la reflejaba, la danza violenta tenía el combustible suficiente para andar, pero amarrada a la camilla solo pudo temblar descontroladamente, gritaba en un ahogo silencioso, pataleaba con fuerza sobrenatural, llevando las manos a hasta su reflejo, todo lo que quería era matarlo.

Autor: Carlos Arturo 

viernes, 19 de octubre de 2012

Afrodita



Del semen y la espuma remonta tu génesis;
cuerpo desnudo divino,
forjado por una orgía de infamias ninfómanas,  
de pezones laureados por deseos ajenos,
de ombligo… laguna de placeres rojizos,
de una vagina, jardín de rosas carmín.
Con la boca desvirgando la inocencia,
y esmeraldas talladas por la lujuria como ojos.

Intangibilidad fémina,  
idea alojada en los imaginarios,
molde desplegado de la penumbra sapiente;
Gata que lame las pasiones con su inmortal lengua.
El rigor mortis de la perfección,
que aprisiona los orgasmos postergando la duración
sin saber ocasionalmente si dilata las piernas o la mente,
con la cadera insinuante en la fiesta de erecciones.

El mito del Olimpo arrastra tus huestes,
 el mar Mediterráneo conserva tu efervescencia,
Chipre guarda las huellas de tus inquietos pies,  
y la sal, la fruición de haber desvanecido tu himen.
En lo alto Helios dialoga con tu vergüenza,
Sobre el día que con Ares arremetías contra Venus,
eligiendo fusionar tu amor desmedido con violencia.

Tu ausencia un lleno de encantos,
tu presencia un gozo animal,
con la locura típica que brota entre tus muslos
y los deseos recientes van hasta tus pechos,
escalando como crías de canguros.
Pasea cronos por tus formas,
un cúmulo de curvas habitadas de inexistencia
resignadas a no admirarse en un espejo.

Sin saber qué hacer, Afrodita.
Exótica sustancia conceptual,
Ares aguarda en el colchón de victorias,
para seguir procreando entre ambos parafilias.
Y dudas, de sin son ambos o uno solo.
  No sabes qué hacer,
si quemarte con sus manos impúdicas  
O masturbarte con las tuyas,
observando a tus víctimas cuando duerme Helios.

Autor: Carlos Arturo

miércoles, 10 de octubre de 2012

Mientras papá duerme


      En la sala hervía un conglomerado de murmullos, el cuchicheo en coro de las plegarias; un montón de manos arrugadas y pecosas imperaban rodando las perlas a través de sus huellas dactilares, rezando el rosario pidiendo con fe desmedida por el alma del difunto. Alejandro, a sus 4 años las veía como una manada de criaturas extrañas, con pieles ennegrecidas, con algunos rostros resecos y otros demasiado humedecidos. A unos cuantos adultos los miraba asqueado al escuchar sonar sus narices, pero a su madre la avistaba con incomprensión; destrozada, con la cara limpia, sin el típico labial rosa de su rutina. 

    Cada vez llegaba más gente;  individuos arropados de telas negras sollozando en la caja amaderada en la que yacía la fría anatomía del progenitor de Alejandro. Todos ellos cumplían las acciones de ver al difunto y abrazar a la viuda; el joven infante se sentía como en una reunión a las 16:00 horas, en la que no podía interrumpir lo que hacían los adultos, solo que esta vez no leían un libro o tomaban el té. Él miraba bostezando de vez en cuando a todas esas figuras portando trajes blancos y negros; elegantes personas desfilando sus tristezas o intentos de ella ante sus ojos pequeños y café, que a propósito, era lo que abundaba en las tazas de todas las manos de los que reducían el espacio en su casa e incrementaban la temperatura. Sus bocas inquietas degustando a sorbos aquella infusión marrón prieta, disimulando algunas sonrisas con dificultad o apretándolas en un gesto de lamento.

   El funeral de pronto era una reunión de viejas estocando con sus lenguas a todo gesto insubordinado del cuadrado luto, de hombres mirando el culo de las más jóvenes, de mujeres rezando con furor una oración de vírgenes que en nada se ajustaba al sujeto, de consanguíneos con la tranquilidad borrosa y algunos pubertos tomándose fotos. Cada quien aruñando el intento de entretenerse, y con éxito al parecer; cada uno formando una sociedad desaliñada en claroscuros inducidos, solo por esa vez.

   Alejandro, con su limitada forma de llevar balances perdió contra él mismo en el juego de contar bostezos. Los dedos de sus manos abiertas contaban cada uno, y hace rato se había quedado sin éstos para ocuparlos con uno nuevo, pero qué importaba, pensó en algún momento, diez bostezos eran suficientes para caer víctima del aburrimiento poderoso que le agitaba la imaginación. Sudado, con el cabello desaliñado y algunos regaños de mamá permanecía sentado con las piernas intranquilas, los cordones flojos y los zapatos lustrados.  Se soplaba el flequillo de vez en cuando para refrescar sus ideas creativas y juguetonas – papá duerme profundamente – dijo mamá horas antes acariciando su mejilla, mientras el pequeño preguntaba de qué estaba hecho el sueño – de pausas y aliento – respondió la dama con los ojos brillantes, aunque a Ale se le hacía más fácil pensar que la hechura de éste era de leche tibia o del ruido de la tv.

    De pronto pararse de la silla y fingir ser un pistolero podría espantar al granuja aburrimiento o molestar a la legión de adultos a contraatacar con unos fulminantes “¡Shhh!”. ¡Uy, cómo dolían esos miserables Shhh… que dejaban su imaginación humeando y en picada! O de pronto tararear el opening de su caricatura favorita, para ser llamado impertinente. - ¿Qué diantres era eso? – pensó sentado como estatua en la silla.

    Desde el asiento no podía más que observar a la multitud, las coronas de flores y cofre en el que su padre se encontraba acostado. Cansado, se levanto y haló la falda de su progenitora; le indicó que quería ver a papá durmiendo, pero ella solo le guiñó el ojo irritado de tanto llorar, mas su ternura estaba intacta y sobrecogedora. Alejandro con los hombros caídos  y con cara de berrinche anduvo por la casa, escuchando palabras extrañas que no entendía como: huérfano, desamparado, padrastro, viuda, entre otras. Cuando resignado decidió volver a la silla de los niños bien portados volteó hacia la puerta que daba a la calle, sus primos los gemelos, llegaban sondeando con sus ojos verdes desde el techo hasta el piso de la casa, con el gesto de desorientados dibujados en su rostros. Él corrió hacia ellos sonriente y desenfadado, con una euforia silenciosa saludándoles – Me ha dicho mi mamá que tu papá murió en un accidente – dijo uno de ellos.

Alejandro con cara soberbia respondió: “Él esta durmiendo; me lo dijo mi mami”.

- Qué fiesta tan rara – dijo el otro.

- Es que mi mamá celebra que papá por fin no está roncando – argumentó Ale con la camisa arrugada.

- Mi mamá nos advirtió que esto era un funeral – susurró uno de los gemelos, seguido por el otro que afirmó con el rostro.

- Yo no sé qué es eso. ¿Qué tal si jugamos con mi consola de juegos? – preguntó Alejandro, que con la confirmación de ambos niños corrieron felices al cuarto del pequeñín. 

Autor: Carlos Arturo

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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos