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miércoles, 10 de octubre de 2012

Mientras papá duerme


      En la sala hervía un conglomerado de murmullos, el cuchicheo en coro de las plegarias; un montón de manos arrugadas y pecosas imperaban rodando las perlas a través de sus huellas dactilares, rezando el rosario pidiendo con fe desmedida por el alma del difunto. Alejandro, a sus 4 años las veía como una manada de criaturas extrañas, con pieles ennegrecidas, con algunos rostros resecos y otros demasiado humedecidos. A unos cuantos adultos los miraba asqueado al escuchar sonar sus narices, pero a su madre la avistaba con incomprensión; destrozada, con la cara limpia, sin el típico labial rosa de su rutina. 

    Cada vez llegaba más gente;  individuos arropados de telas negras sollozando en la caja amaderada en la que yacía la fría anatomía del progenitor de Alejandro. Todos ellos cumplían las acciones de ver al difunto y abrazar a la viuda; el joven infante se sentía como en una reunión a las 16:00 horas, en la que no podía interrumpir lo que hacían los adultos, solo que esta vez no leían un libro o tomaban el té. Él miraba bostezando de vez en cuando a todas esas figuras portando trajes blancos y negros; elegantes personas desfilando sus tristezas o intentos de ella ante sus ojos pequeños y café, que a propósito, era lo que abundaba en las tazas de todas las manos de los que reducían el espacio en su casa e incrementaban la temperatura. Sus bocas inquietas degustando a sorbos aquella infusión marrón prieta, disimulando algunas sonrisas con dificultad o apretándolas en un gesto de lamento.

   El funeral de pronto era una reunión de viejas estocando con sus lenguas a todo gesto insubordinado del cuadrado luto, de hombres mirando el culo de las más jóvenes, de mujeres rezando con furor una oración de vírgenes que en nada se ajustaba al sujeto, de consanguíneos con la tranquilidad borrosa y algunos pubertos tomándose fotos. Cada quien aruñando el intento de entretenerse, y con éxito al parecer; cada uno formando una sociedad desaliñada en claroscuros inducidos, solo por esa vez.

   Alejandro, con su limitada forma de llevar balances perdió contra él mismo en el juego de contar bostezos. Los dedos de sus manos abiertas contaban cada uno, y hace rato se había quedado sin éstos para ocuparlos con uno nuevo, pero qué importaba, pensó en algún momento, diez bostezos eran suficientes para caer víctima del aburrimiento poderoso que le agitaba la imaginación. Sudado, con el cabello desaliñado y algunos regaños de mamá permanecía sentado con las piernas intranquilas, los cordones flojos y los zapatos lustrados.  Se soplaba el flequillo de vez en cuando para refrescar sus ideas creativas y juguetonas – papá duerme profundamente – dijo mamá horas antes acariciando su mejilla, mientras el pequeño preguntaba de qué estaba hecho el sueño – de pausas y aliento – respondió la dama con los ojos brillantes, aunque a Ale se le hacía más fácil pensar que la hechura de éste era de leche tibia o del ruido de la tv.

    De pronto pararse de la silla y fingir ser un pistolero podría espantar al granuja aburrimiento o molestar a la legión de adultos a contraatacar con unos fulminantes “¡Shhh!”. ¡Uy, cómo dolían esos miserables Shhh… que dejaban su imaginación humeando y en picada! O de pronto tararear el opening de su caricatura favorita, para ser llamado impertinente. - ¿Qué diantres era eso? – pensó sentado como estatua en la silla.

    Desde el asiento no podía más que observar a la multitud, las coronas de flores y cofre en el que su padre se encontraba acostado. Cansado, se levanto y haló la falda de su progenitora; le indicó que quería ver a papá durmiendo, pero ella solo le guiñó el ojo irritado de tanto llorar, mas su ternura estaba intacta y sobrecogedora. Alejandro con los hombros caídos  y con cara de berrinche anduvo por la casa, escuchando palabras extrañas que no entendía como: huérfano, desamparado, padrastro, viuda, entre otras. Cuando resignado decidió volver a la silla de los niños bien portados volteó hacia la puerta que daba a la calle, sus primos los gemelos, llegaban sondeando con sus ojos verdes desde el techo hasta el piso de la casa, con el gesto de desorientados dibujados en su rostros. Él corrió hacia ellos sonriente y desenfadado, con una euforia silenciosa saludándoles – Me ha dicho mi mamá que tu papá murió en un accidente – dijo uno de ellos.

Alejandro con cara soberbia respondió: “Él esta durmiendo; me lo dijo mi mami”.

- Qué fiesta tan rara – dijo el otro.

- Es que mi mamá celebra que papá por fin no está roncando – argumentó Ale con la camisa arrugada.

- Mi mamá nos advirtió que esto era un funeral – susurró uno de los gemelos, seguido por el otro que afirmó con el rostro.

- Yo no sé qué es eso. ¿Qué tal si jugamos con mi consola de juegos? – preguntó Alejandro, que con la confirmación de ambos niños corrieron felices al cuarto del pequeñín. 

Autor: Carlos Arturo

lunes, 27 de febrero de 2012

Café recalentado




  Con la alborada la casa se inunda de un fuerte olor proveniente del café hirviendo. El amén de la rutina hace ya unas décadas, sin embargo, a veces no hay con qué endulzarlo, mas al viejo Gabriel nunca le falta la cafeína en el organismo. De entrada a su despoblado hogar hay una fotografía sepia en un portarretrato de marco metálico, es de los pocos recuerdos tangentes de su juventud… años en los que el amargo café cerrero casi es un equivalente de sus experiencias en la guerra, en ocasiones éstas se tornan ferrosas al paladar de la psiquis.

   Hace algún tiempo prepara poción milagrosa suficiente para visitas, que recalienta al momento de enfriarse por el abandono en el viento de un espacio armado de relaciones antagónicas producto de sus “yo” conviviendo en el lugar. Lo echa en las respectivas tazas de cristal compradas en supermercados. Con los dolores seniles del cuerpo y de la conciencia, siempre de bóxers holgados sin erecciones que los estiren se acerca a mirar por la ventana medio abriendo la persiana. Desde el otro lado se pueden avistar sus ojos taciturnos, esos que cansados son bordeados  por  unas patas de gallos incrustadas en esa piel animal zurcida hace ochenta y tantos ciclos absortos y reflexivos.  Los hilos se han ido soltando en el pecho, destiñendo lo negro con el platinado de los individuos clasificados en la tercera edad.

   Solo, es Gabriel viviendo con sus cicatrices dérmicas y existenciales, luchando contra la pérdida de sus sentidos y la ganancia de los años que cada vez más se asientan en la joroba que presiona la voluntad con la desidia. Es él, rendido ante sus recuerdos con martillos que clavan estacas en sus manos, cráneo, pecho y días con un ya no importa que al final de la jornada diaria es material significativo para no conciliar contrato con Morfeo.

   Lo primero que se asoma por la puerta del cuarto en las mañanas es la panza del viejo, que camina como si el piso tuviese vidrios rotos, con la cara casi dibujando espectros de expresiones vulgares que comúnmente termina tragándose. Y aunque vive solo pretende convivencia con el vacío y la ausencia de otros individuos en el hogar. El café es su desayuno; lo prepara en la arcaica olla apachurrada, dejando hervir el agua para posteriormente agregar tres cucharas colmadas de café molido con los fantasmas de la noche anterior, revolviendo para acelerar la disolución  y dejando que la humareda débil deje rastros marcados en el olfato de nadie.

   Sobre la mesa para seis pone en el centro su termo de café, con dos pocillos servidos con el amarronado líquido hasta la mitad de éstos, dejándolos reposar un poco mientras se viste para tapar todos los descosidos y remendados de sus años. Ingiriendo cafeína va anestesiando algunas ansiedades, soplando y sorbiendo con paciencia la pócima de las maravillas, a la par que la otra ración se enfría sin boca que la consuma.

   Gabriel constantemente recalienta el café vertido en la taza hasta el otro día que lo bota por el desagüe, sirviendo como de costumbre una nueva preparación fresca. Él paciente espera por ella sin mucho trapo elegante. Sabe que pronto vendrán en su búsqueda, aguardando con la esperanza renovada. Educado y afectado por la incidencia de la soledad a toda visita procura hacer sentir una bienvenida calurosa, más si es su invitada especial con confirmación desde entonces. La mira como a una dama con vestido negro, embelleciendo a la intangible  muerte, ella sin pudor llegará sin tocar puertas ni anuncios previos; el viejo hace bastante anhela el turno para su llegada, con el afán de filosofar con ella sobre la existencia, el mito y las verdades, sobre su retraso inoportuno y su molestia por tanta ingratitud.


   No obstante, la muerte es una sanguijuela que chupa vida, una entidad acomodada entre ambigüedades con crédito infinito a la imaginación. Poco le interesa lo que haga el hombre para agradarle, mucho menos sus reproches. Sorda, afónica, ciega y amputada de entendimiento obedece a sus instintos básicos de absorber los delirios y la vida, a la sazón que Gabriel la reconstruye y la consiente con lo mejor que sabe hacer, café que además siempre está caliente.



Autor: Carlos Arturo

jueves, 24 de noviembre de 2011

Corazón de piedra

    Esta publicación fue escrita en el 2003, cuando la existencia se me hacía aún más complicada entre hormonas desatadas, intensidades y el constante redescubrimiento del yo y de los demás. Cuando por inocencia culpaba al corazón de todos los actos. Para celebrar mi entrada número 100, se las dejo:


    Se habían cumplido tres días desde que se fue en su animal mecánico en busca de ilusiones y sueños inalcanzables. Se fue y me convenció con baratijas psicológicas que su voz solo susurraban en mi oído; guardó en sus bolsillos falsas sonrisas preparadas con ingredientes místicos para cualquier ocasión, llevaba en las maletas historias sorprendentes y conmovedoras; la hipocresía es un tumor que expulsa infección por sus poros y esa esencia apesta, solo es un retrato mal montado.

    Un teatro, eres... seres fraudulentos en un mundo donde eres tú lo mejor; la vida a ti no se te acaba ahí donde la muerte es un laberinto pasional. Sueños que generan alimento a tu ego.

    Sus ojos estaban llenos de avaricia, ese aliento de ambiciones, sus oídos solo escuchan lo que el dinero canta. En sus ojos solo ven el grito de mil almas con las que se identifica. Su boca, habla cosas que le interesan. Un cuerpo a molde del egoísmo, entre pecados como zapatos llenos de barro. 

     El mundo para ti es lo que nunca podrás comprar y eso hace que hiervan tus neuronas. En tus delirios no hay llantos que no sean fingidos, y yo, aquí ahogándome en un mar de lágrimas saladas por vos, por ese corazón de piedra. 

Autor: Carlos Arturo

domingo, 6 de noviembre de 2011

El confidente


Se sentó a un lado de mi alrededor, yo miraba el techo mundial reaccionario a la luz que mostraba a un viejo dios ocultarse entre naranjas cada vez más intensos. Puso sobre mí su capa de gaza translúcida, negra y escarchada, amplia como sus suspiros,  cándida para avivar mundos alternativos de imposibles desechos e inestabilidades seguras. Los dos mirábamos sin rumbo, con el viento interrumpiendo silencios que podrían ser incómodos, no compartíamos miradas, nos las conocíamos de sobra, aún con los párpados sellados por la fuerza del letargo se dibujaban en el imaginario sin olvidar un solo detalle. Yo, le conocía desde  su desnudez hasta los vestidos turbios y melancólicos, sus escotes luminosos de piel casi plateada.

Ella, siempre tan disciplinada en su irreverencia, rebelde de una brisa que cuenta sus mil y una mitologías, leyendas e historias protagonizadas por su existencia. Toda una culta señora, que en un tiempo largo ha brindado de su seno la leche a criaturas adoptadas, seres paridos todos de la imaginación de dioses mugrosos, mentiras que a juro le propiciaron una máscara de horrores. Al otro lado de esa barrera de preconceptos se detalla su belleza, atrevida y universal, llena de acertijos sencillos en su estructura, pero profundos en su formación ideológica.

Es un placer tomarla de su fría cintura, acariciando sus formas, aprovechando su exclusividad por llegar siempre del otro lado del mundo, para dejarla que haga el resto, con una sincronía perfecta que se plaga de costumbres, calándose aún las desfiguraciones que las generaciones vienen edificando. Apenas sonríe, haciendo de su escote un círculo inmenso tornado de dorados sutiles, y cuando entristece no más que un vestido plomo forjado de lino rústico apabulla el horizonte que a juro le toca decorar en su permanencia por estos espacios.   

Me contó de su corazón, una masa con forma de pera, que gira y avisa cuando debe comenzar a buscar su nueva estadía, también, sin el privilegio contradictorio de poderlo dedicar a amores, porque ella es de aquí un momento en el que desaparecemos del mundo, y es de allá cuando despertamos queriendo amarla con todo y sus prejuicios impuestos; confesiones de casi 12 horas, contrastadas con sus ojos completamente negros, maquillados con la esencia de las sombras y las luces.

Ella cuenta de sus prostituciones en viejas esquinas, entre vergonzosas y cuasi dignas sin siquiera fruncir el ceño; de los faroles que se funden cuando insectos golpean los cristales  con cierta comedia que se vuelve un delirio de paradigmas inentendibles;  de las muertes y los gritos ahogados de las que ha sido testigo, de la Catrina mexicana y su afán de negar sus genes con un sombrero con plumas de avestruz, de sus aventuras coquetas y mortales con los de la otra especie. De la embriaguez de la cual se humedece su vestido casi transparente, de los besos a escondidas, sobre desafíos a la naturaleza, sobre eso oculto a lo que tanto tememos.

Sopla nanas que de a poco van hipnotizando a sus encargados, con frecuencias que suelen ser confundidas con el miedo. Ella, pecado puro inventado, que decora el Hades cada vez que se muestra a los ojos humanos. El misterio de su piel equivale a un concepto de los “yo” en el mundo. Sentado ahora frente a ella, con la vista insuficiente para abordar su faz, he sido su confidente con ingredientes de silencios y reflexiones, su palidez que se va a aclarando conforme se acerca su partida al cantar las aves su despedida, para recorrer culturas, sistemas, realidades y fantasías, con un vestido inmensamente largo, que paulatinamente desiste en permitir colar la alborada, dejándome un insomnio descarado que zumba en mi mente su pronto regreso.

Autor: Carlos Arturo

lunes, 19 de septiembre de 2011

La madre sustituta


El novio de la joven llamaba a la puerta, era una madrugada silenciosa, muy penumbrosa gracias a la forma en que habían sido construidas las instalaciones de aquel espacio. Eran casas de una sola planta, pegadas unas a otras y separadas al frente y costado derecho por veredas, con una anchura de aproximadamente un metro. Las pocas farolas encendidas apenas evitaban que alguien tropezase con obstáculos inesperados. La joven era menor de edad, sin embargo ya estaba activa sexualmente, era de tez canela con el cabello lacio, ojos miel, risa ancha que nacía de labios corrugados.

Él con el sigilo a su favor llamaba, pero los ojos claros no daban respuestas. La temperatura se hacía cada vez más densa y fría,  la desesperación y los nervios tal vez jugaban con su cuerpo. Lanzó la primera piedra y un baño de agua cayó sobre  aquel hombre, haciéndolo gritar al instante. Lanzó otra piedra al lugar de donde provino el agua, y en respuesta le lanzaron un tobo  rojo que no alcanzó a darle. Cuando miró a un lado de la casa donde un alto muro de cemento y bloques protegían el lugar, vio el rostro de una mujer enardecida, de tez pálida y cabellos lacios, con los ojos enrojecidos y una rabia que nacía desde sus cejas, un árbol de limón que yacía a su lado se movía sin haber fuertes vientos y en un grito ahogado hizo correr a aquel hombre sin ganas mirar atrás.

Ella flotaba por el aire con sus  pies desvanecidos en la atmosfera; siempre sabía qué hacer con sus adorados, cuidaba con dedicación al pequeño Antonio. Movía la hamaca donde dormía con la suavidad que la madrugada siempre proponía, la habitación parecía un encuentro con el sueño, todos dormían si permanecían más de algunos minutos en él. Algunas veces, ella era humo o vapor que cándido arropaba a su querido niño vivo. Él siempre dormía, solo abría sus ojos para comer. La dama de cabellos oscuros entendía que no lo podía alimentar y cambiar, por ende se encargaba de hacerle saber a su verdadera madre que el bebé estaba hambriento o sucio. Aún cuando ésta se encontrara de fiesta en alguna madrugada.

Se le aparecía donde estuviera, siempre señalando a su casa, con el mutismo de sus juramentos. Cuando la mujer se empeñaba en ignorarla, ella fúrica se transformaba en un ser de ojos sangrientos con la piel casi gris. Ángela, debía dejar todo por ir a cambiar el pañal o darle de comer. Su presencia era cómoda, puesto que siempre estaba al pendiente de las criaturas; cuidaba como debió cuidar a su hija muerta, sobrellevaba su ectoplasma y penaba con el afán de no volver a morir de sufrimiento, de encontrar en otros recientemente nacidos la dulzura que hoy putrefacta y consumida reposaba en algún hueco del cementerio del pueblo.

La mujer de materia liviana, esperaba algunas veces a Ángela en las escaleras que llevaban la puerta que daba el frente a la vereda, siempre señalando la casa, nunca bajando el brazo, con una faz melancólica, temerosamente tierna y quieta. En una de esas ocasiones, apuntó a al hogar con los ojos totalmente negros, abismos inexplicables, boca sellada de palabras sin sonidos, de pronto, enfurecida comenzó a tirar y romper todo en la humilde vivienda, el frío le provocaba transpiraciones a las paredes, su rabia ciega reventaba espejos y vidrios, su pelo era un remolino oscuro sin luces en el centro. Su cuerpo se mostraba desnudo, con cicatrices en las costillas, con los muslos cortados, los labios rotos y resecos, la cara envejecida y polvorienta, las manos eran un turbio cristal sucio. Todo temblaba, menos la hamaca, todo se agrietaba, menos la habitación. Las chicas corrieron hacia allá con Ángela, quien se encargó de cerrar la puerta.

Aquel dormitorio de paredes infantiles, no era el mismo. Antonio, no reaccionaba al ruido. Ángela, corrió a observar el niño, que con sus labios morados anunciaba que parte de él se consumió entre sueños prolongados, bajo la sobreprotección de la obsesión del “buen” cuidado; cuidado que la madre consanguínea negó al pequeño por cocinar sus crudas decepciones con embriaguez, por las sonrisas mal nacidas  y los excesos entre bailes y manoseos. Ello vino a la mente de Ángela, y era una tormenta más devastadora que la de la madre sustituta. La maldición del espíritu se reproducía en ella… la mujer de pies inútiles lloraba por todas las paredes, empañaba los trozos de vidrio, y se consumía en su propia materia, moría después de muerta, perecía vencida de nuevo. Desidias y sobreprotecciones, miedos desdoblados en realidad.

La oscuridad reinó en la casa, hasta que el amanecer se colaba entre los espacios, alumbrando la cara de las criaturas dormidas y sudadas, mostrando a una Ángela húmeda y en silencio, aferrada a su bebé frío y duro, negado a volver, a despertar, a abandonar el recorrido del Hades, a renunciar ser un ángel. La muerte de Antonio, marcó muchos fines e inicios. Desapareció la presencia, desapareció la descuidada madre a punta de terapias, inicio un recomienzo y redefinición del hogar, para sonreír Ángela le hizo menos falta salir de su hogar. Sobre un rincón hay flores y velas para dos, uno para Antonio hijo siempre querido y otra para su madre de cuidados, la sustituta de tiempo completo, la que no se sabe si descansa en paz, o está de visita en un nuevo hogar intentando mantener viva o vivo a su próximo infante.

Autor: Carlos Arturo 

domingo, 19 de junio de 2011

Los ojos malvados del malecón


    Él caminaba siempre solitario por el malecón, sobre madrugadas que recibían encantadas los partos de nuevos días; la muerte de éstos al llegar las 12:00 a.m.; esa rutina llamada ayer, para no tener  que dedicar pésames a las horas siguientes.  Su lenguaje al caminar… un toca pasos solitario, pausado y rítmico  entre las altas horas de la noche. Supongo, que siempre regresaba a continuar su tarea de develar los poemas de la brisa, siempre salada y brusca. Yo, lo observaba desde la ventana, admirado de ver tanta armonía en el mutismo de su existencia junto a la música y perfumes que esa barrera siempre entonaba.

    Sus ojos eran libres, pero confundidos por los otros habitantes como malvados. Su semblante discurría paz, con una boca ancha que parecía estar denotando una sonrisa a toda hora. El problema estaba en sus cejas, ellas me contaban otra historia más dolorosa, un trozo de huracán existencial, algo que la vida archivaba sin desentonar. Él sufría aún más que sus pulmones por tanto fumar, sus adentros estaban completamente desechos y oxidados; el hombre no tenía las fuerzas, ni los ánimos de aguantar las violentas embestidas de las olas de prejuicios humanos. Ellas no solo mojaban, cada bocal, consonante o acento lapidaban y cortaban… yo los oía, yo me congelaba para frenar mi valentía.

   Ese caballero tenía dos infiernos a elegir: la clandestinidad o la limitada libertad de la confesión. Él eligió el camino más difícil, el trazo valiente de mostrar su verdad a costa del rechazo. Sufriendo las consecuencias, porque cuando uno termina revelando muchas verdades, el ambiente las rodea con mitificaciones, desdoblando mentiras para comerse una realidad válida. Aquella persona murió para no seguir pereciendo, tal vez su cabeza era de las pocas cuerdas de esta isla, y si me equivoco prefiero morir atado a esta idea.

   El lugar añora su presencia, sigue el mismo poema de brisa salada, la inquietud de las aguas, las bases rayadas con letras horrorosas. La soledad lo espera; ella llora su ausencia, voltea y me mira desesperada, mientras yo me hago que no la veo para no sentir más dolor del que quiero. Sus ojos malvados ya no escribirían noches en desvelos, ya la madrugada estaba un poco deshabitada… No vale la pena si quiera inmutarse al mirar el horroroso escrito sobre el piso del malecón, ese que dice: “Vete del pueblo maricón”.

Autor: Carlos Arturo

sábado, 9 de abril de 2011

Lo juro por las Gracias


Lo juro por esta decadencia que se nos avalancha encima, por el estigma que llamas destino y que sigue vendando tus ojos, mas no te das cuenta de que son tus actos y no lo escrito en el viento lo que te hace creer en lo pulcro, cuando este juego es la mugre que crece entre las bisagras. Quizás, sea yo el errado, tal vez estoy cansado de toda esa basura buena o mala y que al final queda en un termino medio disfrazado de justificaciones o lapidado de acusaciones.

Y otra vez lo repito: ¡Lo juro! Pero esta vez con la mano en mis genitales, para no ensuciarme el corazón, con esta arcilla de conductas moldeadas por un artista mediocre. Y vete con las excusas que te he inventado para no seguir enviciado en tus caderas, para no aspirar tu perfume que en ocasiones al ser captado por mis fosas nasales ardidas comienzan a reventar vidrios sobre sus penumbrosos abismos.

Así es, ¡lárgate…! Márchate, aprovecha esta iniciativa endeble de no querer acobijarme en lo tibio de tu temperatura, saca partido a toda esta tragedia de mi caminar sobre un hilo en una lluvia de hojillas y diviértete en tu condena de libertad innecesaria, porque sigues en la esclavitud de tus vicios, viendo borroso a pesar del claro de tus ojos, de la ceguera selectiva que te sumerge en la locura de no querer por tan solo un tiempo de tu existencia  mirar el rumbo y examinar los por qué que se te han vuelto un apodo.

Y ya no sé por qué cosa jurar, porque no vale la pena sacrificar un “quien” en esta promesa, porque sé que los senderos de la desolación me obligarán a buscar la luz de tus dientes, a contaminarme con el humo de tus fumares, a volver a la jaula de tu entrepierna. Sí, lo sé, aquí el cautivo soy yo, no sois vos, ¿Pero qué puedo hacer? ¡Decime vos! Si sois la infección que ataca el cerebro, así como la meningitis. Sois la tristeza a la que los bobos nos acostumbramos, sois la trampa en la que caen los pendejos, sois música en esta fiesta, decime vos ¿qué puedo hacer? Mi opio personalizado.

Ahora mismo sigo el tramo de mi desesperación existencial tan pintoresca y abstracta como para que Edvard Munch resucite y se inspire en mi agonía. Transito los límites de la filantropía amando tu humanidad y la misantropía detestando tus actos. Si vos supieras y sintieras esto, entenderías de lo que te hablo, pero este trueque de información por lástima es inclemente, porque no reactiva la dopamina necesaria para sonreír en medio de esta calma tempestuosa.

¿Sabéis que este corazón se ha vuelto una prostituta?, como tu profesión por excelencia, como mi cara dura por el masoquismo y la tuya por tus andares a vox populi. Y lo juro por las gracias, por mi cordura y mis lamentos que me encargaré de que mi muerte lejana sea el completo olvido de tus archivos.

Así como te lo dije hace algunas palabras atrás: Lárgate, para fumarme tus memorias hasta que se endurezcan mis pulmones. Vete, que otra cama te espera para retozar y para ser desacomodada.

"Alea Iacta Est"

Autor: Carlos Arturo

viernes, 3 de diciembre de 2010

Róbame


Hace poco me puse a registrar ese interminable "baúl" de recuerdos que es un pequeño estante donde hay algunos libros de mi mamá (en su mayoría sobre salud), y gracias a mi curiosidad de buscar no sé qué, es lo que me ha permitido publicar esta entrada. Ese "baúl" de rememoranzas no los compone los inmensos huracanes de párrafos entre páginas amarillentas y polvorientas, sino, la cantidad de dibujos que solía plantarles yo a esos estáticos libros a unos escasos tres años y aniversarios en adelante. Los dibujos son figuras antropomorfas que en su tiempo hicieron el intento de trazar las dimensiones del cuerpo humano con kilómetros y kilómetros de tinta roja ( Gracias una basta colección de bolígrafos de tinta roja que mamá tenía para aquel entonces). En esos bastos diarios de "arte rupestre" (por así llamarle para justificar aquellas imposiciones de trazados a los rígidos párrafos que nunca me molesté en leer) encontré más que risas, melancolías y desordenes. Me topé con uno de los tantos cuadernos que llené de escritos a los 12 o 13 años (soy terriblemente y bárbaramente malo para contabilizar los años), a esa infamia de sentires que me apretujaban en ese tiempo, había decidido colocarle "Dulces Heridas" con un diseño de portada inventado por mí (que es la imagen que representa esta entrada); entre ese título encontré el tercero de tantas cosas que había escrito, se llama: Róbame. Creo, que lo escribí en una prolongada visita que hice a la casa de una tía, en esos tiempos intensos de la adolescencia efervescente y "sufrida". Hoy el recuerdo pudo más que las vergüenzas de mostrar algo que es parte de nosotros, pero insistimos en negarlo para no mostrar nuestras fracturas que actualmente se encuentran casi sanadas o completamente sanas. Se los dejo a continuación:

-Róbame-

Róbame las ganas de vivir
Róbame mi mirada
Róbame mis párpados caídos
Róbame algunas de mis esperanzas
Róbame el corazón y tíralo en una calle de Manhattan
Róbame el alma que la tengo rota
róbame los sentidos
róbame lo que quieras, pero no te vayas.

Róbame estas ganas de besarte, doy la mitad de mi vida porque te quedes tan solo un día más para caminar sobre las nubes y estrellas.
Deslizarnos en un arco iris y dormir en la lluvia.
Róbame los recuerdos bellos de nuestra relación.
Róbame lo que quieras, pero no te vayas.

Róbame las ganas de olvidarte
Róbame el corazón y llévatelo en el olvido
Róbame la vida después de la muerte
Róbame la historia que me has escrito
Róbame la ternura que inspiro
Róbame mi mundo que está hecho trizas.
Róbame lo que me abunda, prolongando el tiempo de tu ida.


Autor: Carlos Arturo

domingo, 9 de mayo de 2010

Memorias de una vida


Ella nació un 14 de diciembre de 1950, entre el parto arcaico, con el olor de la Sierra colombiana. Su niñez, perfumada entre cambures y café, con la arena de zapatos y la inocencia en las pupilas. La tercera de 08 hermanos más, una escalera de humanos para el juego, para el cuidado.


No cabía la tristeza entre tanta carencia, durmiendo entre cartones como colchón, ignorando el materialismo que en aquellos arrabales se codiciaba.


Su crecimiento olía a verdes hojas que le impregnaban los ríos, su madurez fue llegando a medida de sus travesuras, ella ignoraba lo catastrófico de 1939/1945, su padre jamás le habló del por qué llegó hasta Suramérica. Su madre fue quien entre tratos secos le enseñó que el cariño era posible.


Cuando sus 15 llegaron toda la familia había recorrido parte de Colombia, buscando la estabilidad que no les era posible, pero ella anhelaba volver a las montañas profanadas por su existencia, cuando el destierro la llevó a Venezuela. Desde entonces comenzó su lucha por la constancia, de los hogares despoblados, no quería hacer de éste uno más. Hoy día la Villa del Rosario sigue siendo el ambiente constante de su historia.


Adoptó y parió… entre un matrimonio que no le brindo el sueño de ser feliz, cuando abrió los ojos se dio cuenta de su independencia, cociendo zapatos, fue asumiendo su amor al zurcido, comenzando por remendar lo que años anteriores de compromisos le habían destajados. No dejó una sola pieza que no volviera a su lugar, y con tan sólo saber escribir y leer se lanzó al mundo de la alta costura, dejando atrás aquel momento en que se pintaba como una enfermera.


El amor la visitó una vez más, ella dejó atrás las quimeras de las promesas, alzando la bandera a una nueva experiencia. Adonais se llamaba él, forjaron un nuevo hogar, ella, sus hijos y el nuevo inquilino en esa vida. Cuando en septiembre del 94 la muerte sorprendió a aquel hombre.


Como viuda lloró vestida en claroscuros, crió a su tercer hijo generando capital a partir de la costura. Desde entonces esa ha sido su vida, dedicando tiempos que ya no merece gastar, con la cara cortada por el tiempo y el plateado entre la raíz que anuncia su experiencia a seis décadas de existencia.


Ella es sinónimo de trabajo, vida, alegría, orgullo, amor, guerras, supervivencia, maternidad, humanidad y tantas cosas más. Su nombre es Doris de naturaleza comprensiva, hembra de parto, hembra poderosa y tierna de manos nobles. Ella es mi madre, me bautizó como Carlos Arturo, yo soy el tercero de esos tres hijos, quien ha dicho más veces “Mami” antes que cualquier otra palabra, que no se desgasta, no se fractura, no vence, ni consume. Ella es la señora que ha dado frente a mis miedos y me espanta los fantasmas con su abrazo.


“Mamí, sonríe que aún hay motivos para seguir entrelazados”


Carlos Arturo

jueves, 18 de febrero de 2010

Quién sabe mañana


Wind of change, es una canción a la cual guardo un profundo afecto, rememora aquel gran acontecimiento ocurrido un noviembre en la décadas de los 80's, la caída del muro de Berlín (09/11/1987) dos años después de haber nacido yo. Pero no sólo representa la caída y a su vez la unión, representa los cambios que el viento trae enredado en sus soplos, aunque el comportamiento humano diga otra cosa. Asímismo, escribí algo cuya partera es dicha canción, espero que sea de su agrado.



El cielo aún llora las catástrofes del ayer, mientras que la humanidad continúa con la cotidianidad del olvido.

La tierra ha probado el verte de la sangre, y los ríos en sus corrientes arrastran evidencias y las rematan la distracción.

Algunos lloran por los caídos, otros ríen por el mutismo.

La violencia grita para nosotros correr con fragmentos de ella en los ojos, en los puños, en las armas.

Nuestros niños y niñas crecen en el círculo vicioso de la venganza, con la educación escaza de los verdaderos principios, pero no de aquellas falsas morales que a larga todos rompemos. Aquellos que no saben leer, son grandes fulminantes con sus artillerías pesadas.

El paraíso prometido cada vez es más distante, y la espera del anticristo ha sido tonta, ha estado fusionado entre las masas, y no en individual como esperamos, aquellos que le han adjudicado ese nombre son solo la consecuencia de la muchedumbre, los resentimientos y el odio forjado como soldado de las malas nuevas.

Pocos anhelamos que un viento de cambio del bueno rompa con las murallas altas de nuestro retraso mental.

Porque es injusto ver como las moscas danzan y deponen a sus proles en las carnes muertas de personas con derecho a la vida, es torcido acabar con animales por diversión y egoísmo.

Una canción, un texto, una palabra y una existencia nos recuerdan que la esperanza no está del todo rota.

Quizás, nos falten abrazos, tal vez, romper con fronteras, posiblemente consciencia, de seguro amor al prójimo.

La verdadera guerra es la disminución significativa a la hambruna mundial, hacer de la pobreza una renuncia, el exterminio a la discriminación, quemar hasta las cenizas el egoísmo y sacar a velocidad el poco respeto a la vida.

Quién sabe qué pase mañana, yo sigo esperando lo mejor, a costa de que el humano lleve la violencia en las entrañas, siempre hay una razón para ver la luz en la penumbra, siempre hay una razón para reír con el amor en los dientes.


Autor: Carlos Arturo

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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos