viernes, 6 de febrero de 2015

A veces



A veces, abismo camuflado en la oscuridad
Un Tragaluz ansioso esperando.
Acantilado para alterar acrofóbicos,
duda que paraliza al impulso,
resignación indecisa,
y solo a veces, espero.


A veces, el relámpago desnuda al abismo
la sombra de un caso perdido 
que voluble busca incendiarse,
y se consume en el hoyo negro,
dos huecos profundos en la misma penumbra
Me encuentra, a veces.


Clandestino arrabal humeante, basto de a veces.
Ostracismo de querencias viles,
de encuentros que horrorizan a los dioses
colisiones que encrudecen las carnes,
monstruos que se muerden entre sí,
en pleno caos hay cierta paz, a veces.



A veces, terrenos infértiles sembrados,
anhelando germinar en invierno,
palidezca toda esperanza castrada por Cronos. 
Luego de hacer del ombligo un balneario a Afrodita
tiemblan las piernas ahogándose el grito,
miro su faz, a veces.


A veces, nada ocultando cenizas bajo la alfombra.
Todo se acumula, hasta que nos volvemos atlas. 
Abrimos paralelismos en una misma dimensión
entre paréntesis la historia es básica, sincera y bruta,
el párrafo sometido a rigidez del resto,
a veces cansa.



Algunas veces, rinde el episodio para reír,
al retorno la moral amnésica se sacude las rodillas
la vergüenza degrada la oralidad.
A la sazón del amor amparado en la inexistencia
los demonios vuelven al cofre,
e importa, a veces.


Siempre en sus ojos el ocaso, la miel, la hiel y el otoño,
En los míos, espirales nocturnos, escenas del crimen
al encuentro hibernan las culpas
prescinde la necesidad mutua,
mas la querencia apunta, dispara y acierta,
Solo a veces.

Carlos Arturo

viernes, 16 de enero de 2015

El amor... según yo




Este tipo de publicaciones son como quien pasa una lija a la sensibilidad debido a que visibiliza la inclemencia de la sociedad contemporánea, ataviada de urbanidad, tecnología, rutina, supervivencia y acumulación material.



Es cierto que en su crudeza la ciudad nos cocina emocionalmente, es como un circo atestado de horrores que pueden pasar por maravillas; nos hace dudar de quienes nos quieren hacer ver su realidad con falsedad partícipe y en nuestra permanencia conforme vamos viendo más confiamos menos (salvo excepciones). La ciudad, también es un laberinto al que nos hemos acostumbrado en el cual nos sentimos cómodos y seguros, aun cuando atropellos a plena o media contemplación ocurren.

¿Pero qué pasa cuando tus configuraciones emocionales se ven estremecidas con hechos con los cuales la endereza flaquea? Casos hay muchos, reacciones sobran, mas en mi caso esto no me deja pensar más que en lo que es el amor y de nuestra capacidad para asumirlo y transmitirlo. Hace días (pareciese no venir al caso, pero sí) mi madre me decía que cómo podía poner en mis prioridades un animal sobre una criatura humana, y en mi insistente lentitud no supe qué responder, luego mire a Ana (una canina) a sus ojos, dos faroles inquietos y sonreí, porque tampoco sabía qué responder salvo el impulso, querencia, necesidad o como se le pueda llamar, de sentir que ella (Ana) pudiese estar tan bien, cómoda y resguardada como mi madre, como mis sobrinos, hermanos o allegados más queridos.


Viendo este vídeo, creo que puedo responder, con la sentimentalidad agitada, blanda y frágil. Del amor sé tanto como cada uno de quienes reflexionan, filosofan, poetizan o sueñan y no sé nada, porque su amplitud te puede llevar a explorar aspectos del mismo que para ti son comprensibles, pero para otros no. De amar, me encuentro en el mismo caso, porque no es como una fórmula química, matemática o física.

En nombre del amor se han cometido atrocidades y magnificencias, la idea del amor es un impulso visceral que cada quien sabrá contenerlo o expresarlo sin medir consecuencias. El amor es un poco y mucho de egoísmo, a ambos focos, es un lazo, una interactualidad de la que a duras penas puede salirse ileso. Es ser sumiso y a la vez su antónimo, pero en fin, a lo que respecta.

Pienso que cuando amamos no hay un rango, no se ama más o se ama menos, eso es otro cuento. Se quiere más o se quiere menos. A mi madre, que ha sido mi primer amor, la sigo queriendo con firmeza, pero amar otras expresiones de vida tanto a ella como a otros le ha generado una crisis existencial y quizá emocional por mi incapacidad de elegir en ciertas situaciones que suelen ser asfixiantes. A Ana, que nunca me cuestiona, chista o inquieta con lo que le ofrezco también la amo, tanto o igual que a otro ser al que pudiese amar, simplemente quiero más a mi madre, por razones que sobran explicar.

Sucede que en Ana veo a muchos de los de su especie en situación de calle y siento la ponzoña de la tristeza. De amor, no sé nada, menos de amar, pero sí sé del procurar, preocupación, compañía y conexión con alguien (sea plural o singular) a quien la contemporaneidad le ha sentado fatal, desvalidos y desvalijados, cuyo pecado pareciese residir en vivir y el resguardo citadino se les ha vuelto un infierno, pero prosiguen.


Nos robamos a perros y gatos de su hábitat y nos los pegamos como adornos, símbolo de estatus o apoyo de trabajo, pero hoy con la creciente "madriguera humana" expandimos, demandamos y hurtamos espacio. Hay afortunados que van con correas y duermen menos aquejados que otros, esos otros, los maltratados, maltrechos y rechazados que van como vagabundos comiendo y recibiendo nuestras miserias y sobras, echados de dónde no pueden irse, atrapados en la ciudad e impregnados de ella, los bajos fondos y toda esa pudrición que deja bien parada a las cloacas, privados de un alguien que le ofrezca ese algo tan importante... recibiendo un trato tan abusivo e indignante que hace de la humanidad una distopía o asociación vergonzosa.

Sin embargo, como generalizar a mi percepción me parece una reverenda criminalidad como el caso a tratado, prefiero mostrar las excepciones y se demuestra que amar es una paradoja para nosotros, pero para Ana u otro perro en el mundo quizá sea unas orejitas agachadas y una cola inquieta... me quedo con esa idea del amor, reciente o ya consolidado, un gesto o gestos que te incentivan.




El amor no es más que una práctica difícil de teorizar 


Pd: Me alegra mucho volver con ustedes.


Carlos Arturo

miércoles, 7 de agosto de 2013

Silencio

Silencio…
Rehuido de lo absoluto.
Impredecible sigilo que emula el ojo de huracán
a tiempos eco de la soledad,
en destiempo especulación nocional.
Entre paréntesis se despliega como un exilio
dilatando y redondeando las esquinas,
configurando un epicentro de contradicciones
en el que las musas y la inexistencia juegan ajedrez,
y a veces amanece…

Silencio.
Alarma de la introspección,
me adentro en tus entrañas de laberinto minotaurino,
ablandando los secretos rígidos en tu homenaje
erigiendo escalones desde la divagación,
con Erebo extendido en toda lateralidad
volviéndome alguna vez luciérnaga,
o farola, que alumbra la brecha del campo de batalla;
con armas nimias que bostezan antes de disparar

Silencio,
manicomio de este psiquiátrico,
embriaguez de este adicto;
Hoyo negro existencial,
amansa las fieras y a los monstruos,
al ritmo de su contundencia
y al cansancio del ver ahogados sus gritos 
para devorarlas procesualmente,
mas las regurgita por ocasional indigestión.

Silencio,
Fachada del olvido que se olvida,
Cofre de un yo intacto,
Que guarda gigantes y enanos aferrados al polvo,
Permaneciendo intactos hasta su abertura.
 Tertulianos intangibles que coinciden con la realidad
formando con los restos eso llamado verdad
desnudando la vulnerabilidad del ser en lo posible,
cuando las gallinas dormitan.

Silencio,
mordedor implacable inoportuno.
 Lamedor dócil pertinente.
Desdoblado en espectro,
funge como eje gravitacional de miedos y tranquilidad,
útero del críptico feto de lo incomprensible
Cordón umbilical del nacimiento divino 
entregado al bipartidismo del caos y la paz,
entre afluencias de suposiciones,  memorias y juicios.

Silencios,
motel del tránsito existencial.
Cóctel ambiguo para una esquizofrénica concepción del tiempo.
Absurda e imperante, búsqueda o encuentro.
Bandido y héroe,
o simple paso de la nada y del algo copulando,
vigoroso psicotrópico… incoloro, sin sabor e inodoro.
Extremo que trae en su galope a la locura,
mientras las Moiras afilan sus tijeras frente al hilo de la cordura.

Carlos Arturo

viernes, 19 de abril de 2013

La exiliada de Macondo


     - Mamaita, siempre nos enseñó a hacer de todo, incluso jabón con la concha del plátano. Pa’ lavar era buenísimo; la ropa quedaba blanquita – relata Violeta con variedad en su tono de voz y rastros de orgullo titilando en el universo oscuro de su iris, mirando el último recuerdo en vida de su madre, una representación fotográfica en su agonía y ella llena de juventud con la faz dirigida a verla con el mismo moño que ha llevado siempre y al parecer el mismo luto desde entonces. 

      La senil dama, que siempre inicia sus tertulias cual cronista de vidas sobre quien la concibió y todo lo aprendido en aquel pueblo de olvidos consentido por el atraso, con su armadura de cueros prietos es un libro de leyendas e historia oral encarnado; desafía al tiempo con su bolsa de medicinas, el estricto régimen dietético y con cuanta grosería se le asome en la garganta al momento de una rabieta, sin embargo, tanta desafianza ha provocado que las presencias celestiales transgredan sus procesos  químicos de tal forma que, donde se siente o se pare deje un montón de arena, de esa desértica, árida, de relojes que cuentan la vida de Matusalén. Y cuando tose, el polvo abruma su presencia, como si la ocultase de tanta extrañeza; un intento que la hunde más en lo  inexplicable del ser. Al respecto, afirma estar seca por dentro, que en las cavernas de su alma y en las cavidades de sus entrañas solo hay una acumulación vergonzosa de polvo, mismo, tragado seguidamente en sus intentos desaforados  por escapar del aislamiento de Macondo, tierra que profesa ser el lugar de su infancia, terruño del cual resiente haberla dejado estéril, sin que un hijo le lubricase aquello tieso y deshidratado por los estragos de la natura.

     Susceptible a toda carcajada propiciada por su inusual biografía, procede a hablar sobre la tierra de otras tierras del presente.  - Macondo es un manicomio,  un asilo para esos leprosos del alma; allá todos están condenados a la locura, a la sedienta costumbre de esperar o buscar las arenas movedizas de la soledad y morir de todo entusiasmo hasta fallecer o perderse en los espejos por haber olvidado marcar la ruta de retorno con un hilo rojo– refiere Violeta, con una carraspera desagradable al oído  que aspira corroborar la desecación en sus adentros; con la mirada amenazante y las manos temblorosas, aún así mascullando la remotidad y el peregrinaje hasta donde ahora yace sentada, desmoronándose por las fisuras reaccionarias de quien necesita la muerte rebosando en vida, recogiendo sus recovecos con escoba y pala, para no tener que añadir más explicaciones de las que da ante su inminentemente progresiva vaciedad.

    A través de sus sandalias se muestran unos pies deformados que cuentan una vida de ir y venir a quién sabe dónde;  escamosas y callosas plantas incitadoras de la angustia, por un andar inclemente  a través de la diacronía infestada tardíamente de la artritis, jugando a pausar el paso y degenerar las formas. De los muslos para abajo hay semejanzas con una V inversa, dolorosa, pero indulgente mientras tanto y frente a ella, una andadera que no limita los funestos, pero propias secuelas de la senilidad.


    No obstante, en los momentos de alivio y tranquilidad, la somnolencia le dedica unas nanas, por lo cual, alcanza un nivel de relajación tal, que a pesar de irse desmoronando y acumulando en el piso, va encorvándose cada vez más, hasta llegar a un momento en que la fluidez alerta al oído y despierta asombrada, como cayese por algún macizo formado por acumulación de años; y sonríe apenada, así sea a la soledad,  compañera recurrente de su  transcurso histórico.

    Violeta, se siente abandonada por la deidad; su impaciencia lo evidencia a rabietas. Se nota anormal, como un caso aislado de las míseras epifanías de la vida, en que se armó la pachanga mas no llegan invitados  solo saqueadores. Ella lo abandona a él, aferrándose al minúsculo dios de Macondo, muy parecido a éste, pero más interesado en sus desgraciadas creaciones; quizás, piensa eso mientras lava la prótesis que suplanta la dentadura perdida en sus años mozos. Tal vez, la tortura del tanto deliberar se haya vuelto en un enjambre de cuestiones rutinarias, como lavar los platos después de comer, o recoger la arena que deja a su paso.

   Por las noches, tose poniendo un trapo húmedo en su boca para no estornudar. Abre el chinchorro con la caja del gato abajo, reciclando su propia arena. Y obedece el horario de las gallinas con recelo. Lo cumple, empollando las razones por las que debería despertar, no sin antes aplicarse pomada de chuchuguaza en las piernas para desajustar el sabotaje que implica en ocasiones la vejez.

    Al despertar toma un baño con un tobo y pote, aun cuando halla una regadera. Comienza la labor diaria de armarse el moño de siempre, con una destreza admirable que festejan los cueros flácidos de sus antebrazos. Sus imaginarios tibios se dan por servidos para la continuidad, completamente convencida de que el agua engorda, de la efectividad de los antídotos puestos en sereno y en Luna llena; del hilo rojo en la frente para el hipo y de las presencias espectrales que buscan intensificar la tortura a veces deliciosa de existir. Húmeda por fuera y seca por dentro prosigue, hasta que le toque volver a Macondo agonizando, en un ataúd o como ánima en pena, en busca de su añorada y amada madre.

Autor: Carlos Arturo

miércoles, 30 de enero de 2013

Autopsia de mí


¿Qué es eso?
Interrogante que rebota ante el espejo
metamorfosis de la simplificación
presumida por una dificultad con lastre ancho.
Dinámicas inducidas
que exploran paréntesis en esta psiquis.

¿Qué hago?
Celebrando los difuntos que proceso,
setenta que aún me miran en las representaciones,
pidiendo estrangular el bifronte del lado más incómodo,
saldando un trueque de aceptación por cambios,
sumándole vida a esta vida,
reinventándome ante miles de córneas de jurado.

¿Quién soy?
Producto que en post de golpes es servible,
penumbra fragmentada por la luz,
ente que gira sobre su propio eje,
y he dado tantas vueltas…
que ya no sé si es mareo, emoción o embriaguez,
que no sé, que tan profunda sea la batimetría de mis razones.
Desde allá, soy eso que labró una metempsicosis
aquí soy un interludio de lo mismo, de renovada estética.

¿Qué busco?
He buscado un lugar en el puro hedonismo,
pero un paréntesis existencial interrumpe su coherencia.
He buscado ser otro,
y encuentro en las anclas una inteligencia turbadora.
He buscado brincar sobre mis defectos,
mas me agarran y me besan con amor.
He buscado esconderme,
terminando encontrándome en evidencia
He buscado respuestas,
sobre el excusado de la existencia.
He sido sin dejar de ser,
he estado coleccionando experiencias,
por si algún día se amerita un currículo.

Soy…
y no me dejo de sorprender de ello,
Estoy…
en medio de los efectos y las causas
Voy
renovando contratos con mi anatomía,
procesando las promesas a mi psiquis
resurgiendo entre vanidad y bienestar.
Soy…
un nómada de rutinas,
desvelando el autoconocimiento,
mientras escalo por las costillas de la duda.

¿Soy?
¿Ese que se mira en el espejo?
Sin lograr asociar el nirvana con el éxito.
Sin poder desvincular mi yo con los demás.
Ese que ha priorizado sus querencias
en un contracorriente desmedido y prejuicioso.
Soy el de los 145 aquellos,
Bajo una nueva presentación. 

Autor: Carlos Arturo

viernes, 11 de enero de 2013

Todo lo que sobra



Como el café al despertar,
o esa necesidad de mirar el reloj en la angustia,
popa para asumir roles en la contemporaneidad,
cefalea en la abstinencia
vergüenza de la envestidura asumida como desnudez.
Ahí vamos, configurando la existencia,
desafiando los cursos de las funciones.

El deseo de abrazar la prole tóxica,
los inventos que a diario cepillan la inutilidad
la intangibilidad nutrida de imaginarios humanos,
avalada por circulares voluntarias y obligatorias de Cronos.
La herencia de querer aquello que no falta,
pero sí…

Típico de la necesidad, derramarse.
Tópico que las variantes pateen el tobo que las mantiene.
Porque la educación nos enseña y prepara para esa hazaña,
y el mundo a agregarle enceres 
a esa tienda por departamentos que abruma al sentido común.
Concubinos de la esclavitud de la confusión,
ante el fenómeno tan polémico de necesitar…
Todo lo que sobra.


Autor: Carlos Arturo

lunes, 5 de noviembre de 2012

Espectros en los cristales


Adriana balbuceaba una colección de gemidos e intentos de palabras inentendibles, algunos apoyados en la cordura afirmaban que era el idioma de los locos. Una verborrea amplia  y líquida que costaba agarrar con las manos del conocimiento. Débil y atolondrada permanecía con los ojos dormilones en el cuarto de observación, sin muchas fuerzas y con una farmacia de somníferos en sus venas, era una emulación femenina de Sansón. Negada a abrir los ojos, obligada por los efectos propios de estar dopada.

    Desde el otro lado de la ventana de observación la veían diversos científicos,  tratando de entender qué fenómeno o trastorno psiquiátrico corroían la tranquilidad de la joven que gritaba como si los demonios le arrancaran las pestañas. Del lado de ella había un entorno silencioso y blancuzco, en el que sus sueños y pesadillas gravitaban sobre la ansiedad que al pasar el efecto del medicamento descolocaba la dictadura de aquella paz inducida. En la periferia de la ventana, la soledad se condensaba en su reflejo. Hacía unos años había perdido la voz cuando a todo pulmón trataba de explicarle a su madre sin éxito lo que la turbaba en realidad.

    Nadie sabía, ni entendía. Adriana, corría con los ojos cerrados, al principio soltando maldiciones y un llanto desconsolado y despavorido, cuando sus vecinos la escuchaban se encerraban prendiendo velas a los santos, persignándose y rezando el salmo 91. En el barrio, todos comentaban que el Chamuco quería desposarla y que cuando se veía al espejo éste la besaba y le hacía chupones por todo el cuerpo. Luego, la joven de tantas explosiones de voz, con las cuerdas vocales desgastadas y una garganta deteriorada no podía más que correr hasta que el suelo la atajase con abrupto. Mientras ello ocurría, la curvilínea dama era una referencia inmediata a las comparaciones con alambres, su vientre de Venus se había hundido tanto que el ombligo casi se le pronunciaba hacia afuera; un cuerpo reducido y esquelético, con las rodillas y los codos sobrepoblado de cicatrices, y sin dientes frontales, pero ya qué, si sonrisas era lo que menos aparecían en los labios empellejados de la fémina.

   Tres días antes de ser recluida sufrió otras de sus crisis demenciales. Todo lo que accionó la locura en ella fue una jarra que miró por un lapsus corto. Las piernas le comenzaron a temblar y su boca se inquietó. Sus brazos lánguidos se abrieron con brutalidad y torpeza, se levantó respirando agitadamente y tumbó la jarra de agua, cuando quiso mirar al suelo la cosa empeoró. La cerámica la reflejaba perfectamente, de nuevo cerró los ojos y como un animal horripilado quiso correr arremetiendo contra todo objeto en sus cercanías, como una estampida, los platos sonaban al caer al piso, los niños lloraban en el caos y ella desesperada solo quería sentirse acariciada por la violencia del piso, caer inconsciente ante la inconsciencia de obedecer a los impulsos del pánico.

    Los espejos habían desaparecido, no solo de su casa, sino de la de muchos de sus vecinos que tuviesen hijas hembras, el temor de que Satán despertase pasiones por aquellas vigorosas damiselas ante lo desdeñada y caquéxica que estaba su actual pretendida.

     Adriana, con sus párpados corrugados daba vigencia de ese intentó repetido de sacarse los ojos en más de una ocasión. El reflejo en el espejo mostraba un monstruo en vez de su imagen, tan horroroso que dolía en los sentidos. Lo olía ardiéndole las fosas nasales, lo tocaba áspero en las alturas, baboso en el centro y peludo al final; lo saboreaba con resabio ferroso, característico de la sangre, y lo escuchaba sobre ella cuando corría con los ojos cerrados hasta desvanecerse dejando su lucidez en una penumbra absoluta en algún lugar del barrio, sirviendo de festín a los zancudos o siendo el entretenimiento de turno de los morbosos.

    Terriblemente sola estaba la desconfigurada criatura, abrasada de un misterio que asustaba a los de su alrededor, a veces perdida en el oscuro cuarto de chécheres para ver si así su madre invisibilizaba a trozos las antologías de vergüenzas y los llantos a chorros, al ver cómo se marchitaba su pequeño capullo ante fuerzas desconocidas. Feamente sola, Adriana en su mundo de cristales reventados; desconsoladamente sola, su madre con los pies embarrados de prejuicios y la cabeza pulcra a medias.

    El esqueleto forrado de piel que resumía a la joven, tan desganada de la vida permanecía con sus pies líquidos, que al levantarla se derramaban atajándola el piso, con un cuerpo deshuesado de voluntad y unas ojeras fundamentadas en sus arrebatos. Y así llegó hasta aquel cuarto que olía a vacío en vez de tierra mojada. Adriana con el cadáver de la dosis de somníferos en sus venas despertó, vislumbrando un iluminado techo blanco, miró a la derecha, luego a la izquierda, cerró los ojos nuevamente, cuando los abrió se enfrentó a aquella ventana que la reflejaba, la danza violenta tenía el combustible suficiente para andar, pero amarrada a la camilla solo pudo temblar descontroladamente, gritaba en un ahogo silencioso, pataleaba con fuerza sobrenatural, llevando las manos a hasta su reflejo, todo lo que quería era matarlo.

Autor: Carlos Arturo 

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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos