lunes, 29 de marzo de 2021

Tu sonrisa era la mía;
en mis ojos crecían jardines para ti.
tu mano mística
y el olvido de la erosión.
Fuimos siempre el susurro de una promesa.
Hoy solo soy yo prometiéndome,
siendo balido y eco
sobre la ausencia
y lo estéril de tu fantasma
que efloresce en mi cuerpo herido.


Carlos Arturo

viernes, 15 de enero de 2021

La luz perpetua


Encendí la luz en noviembre

para ser centinela de tus noches.

Tomé tu mano y me miraste

reconociste a tu niño,

besaste mi mejilla y tu belleza me tocó

desapareciendo el hervidero en mi interior;

en diciembre me diste un nuevo nombre,

que he sollozado hasta el dolor de pecho

hasta la disnea;

han cambiado nuestros tiempos.

Es enero, y no estoy en casa.

 

Fue nuestro peor año,

estuve cansado, al punto de la desesperanza

conteniendo una furia punzante,

pensando en un poema sobre la viscosidad de la rabia.

Tú, con el cuerpo abatido

llenando cántaros con lamentos

estoica resistiendo el oleaje de los daños;

esperando que llegara a casa con algo para ti,

como quien insiste en taimar a Las Moiras.

Fue nuestro peor año,

pero siempre lo nuestro fue más grande que esta tragedia,

más grande que ese Nibiru orbitándome adentro,

más grande que este irremediable silencio plutoniano.

 

Te sobé la espalda para aliviar tu dolor

lloré en silencio para no causarte más angustias.

Me sonreíste para alumbrarme esa noche,

dijiste: “aún no”, dos veces

confié en tu promesa,

en tus victorias magnas.

Sin querer nos perdimos,

y perdimos,

a mitad del telar de Érebo,

con las Litaí abrumadas por tu nombre.

 

Dormías cansada de luchar

lejos de los azufaifos y nuestros lirios

fuera del alcance de la luz que encendí,

frente a un enjambre de langostas

consumiendo hasta la última hoja de tu jardín.

El amor no nos salva, mamá.

Lo que callamos al mundo entre todos los ruidos.

 Porto un desierto en mi media luna fértil

cuánto espacio en desuso,

cuánto destierro del Edén;

todos los aromas disipados

lo que veo frente a la llama de Hestia extinta.

Me quedas, como un Comala

Llueve.

 

Vamos en pasillos angostos,

en los que nos es imposible voltear.

No sé cuál sea hoy tu esperanza, mamá

la mía la llevo empuñada en el corazón,

volverte a ver más allá de las representaciones,

de mi memoria.

 

Porque soy otra vez un niño

que no sabe cómo retenerte ante el paso del tiempo

que busca volver a casa en medio de la multitud

que imagina que piensas en mí

y sonrío prometiendo estar bien.

Mas en el fondo le inquieta el mundo

y olvidó cómo dormir con la luz apagada.


 Carlos Arturo

sábado, 28 de noviembre de 2020

 


El dulzor de Hestia 

atrajo las hormigas.

La casa cansada 

el hogar roído 

los dientes de los días

La insaciabilidad carcomiendo los cimientos. 


La casa resiste,

rozada de miserias

¿es acaso Hestia un atlante

sosteniendo la promesa del desplome?

¿Qué soporta este refugio,

más allá de la historia y el cemento?


Las hormigas han rastreado el dulzor de Hestia,

se llevan el coral de las paredes 

mientras un gato duerme sobre un mueble roto.

El tiempo se detuvo en el pecho de Cristo

la última cena siempre en el comedor

son las siete con veintitantos segundos,

siempre.

Ya no es el tiempo

son los daños.

No son los daños

es la desgracia.


Hestia se resigna

al harapo de su efigie,

al desgaste de los colores.

Calla la calamidad entre los muros

calla cada grieta nueva de la pared

cuando alguien ocupa los espacios

de promesas,

la incerteza del mañana.


Hestia prende fuego a la esperanza

para que el hogar no se desdibuje,

está la mesa y la comida,

la cama y el habitante,

el piso y la escoba,

la ventana, la cortina y los ojos

la voz y los nombres

la vida y el amor,

mientras ocurre el hogar 

Hestia esconde sapos apenada

por no poder evitar filtraciones de la lluvia. 


Carlos Arturo

sábado, 7 de noviembre de 2020

Receptividad

¿Importa quién quiere más?

Si entre las febriles pasiones surge mi imagen
si te pienso por encima de los cuerpos y los rostros más bellos.
si estando la jaula abierta regresas a comer de mí
y resuenas en mí como la música de las bahías.
Si te ha complicado la existencia un compromiso inestable,
te hostiga para permanecer,
y mantener el control te acelera los latidos;
si en mi pecho flamea el candor
al punto de ser hogar sin ser casa
y te escribo un poema que callaré por años.


¿Importa quién paga más cuotas de cariño?

Si eres confeso de yo ser de ti
si sonrío de complicidad.
Si me buscas por sobre los peligros callejeros
si te espero con el silbido en el septentrión del estómago,
si en tu círculo de sal me miras
y lo desdibujas para colarme.
Si me sumerjo en tus profundidades,
hasta el delirio
sin discernir si me habitas o te habito,
contando omnisciente y etemo qué es llevate adentro.
Si te miro por sobre lo correcto
si disfrutas de mi paganismo
y desmoralizado te abro la puerta.

Carlos Arturo

jueves, 27 de agosto de 2020

Carta de despedida

He muerto buscando el trasfondo de vivir, 
por inercia, por libertades, porque ha tocado, 
diversas formas en las que me atenté. 
Un instante último rechina, 
el cuerpo alterado en adrenalina envuelto, 
la agonía es colapso y el dolor que enceguece, 
de pronto todo termina, es inexorable. 

Estas muertes, sí, en plural 
apenas son bisutería para La Parca. 
Me he visto entre epifanías, 
apilado en la misma fosa común, 
muy dentro
                    profundo
                                 lúgubre. 
Enterrando cadáveres y cada uno, yo. 
Nunca me despedí, no fue prioridad, 
hasta ahora avistando los mañanas. 

Morí cuando tuve el respeto ajeno, 
cuando profetizaron mi destino, morí. 
Cuando creyeron saber qué hacer conmigo.
Les quedó sólo la idea y la palidez,
algún rezo de lo inútil
una pizca de vacío. 
Perecieron los jardines babilonios, 
el espejismo. 
Un patio común de modesto arbóreo les fui. 
La verdad hirviente les salpicó, ahí me cocía. 
Morí porque este cuerpo era el resto, 
cofradía de afirmaciones terceras. 

Mamá supo de mi suicidio
al borde del llanto reventó en la dureza
telares negros de un velero anunciando un supuesto, 
darlo por hecho y lanzarse a las piedras, 
Ahogarse en aguas saladas como Egeo. 
Trata de entender aún que hiciera añicos a ese hijo. 
No imagina que morir es verse desde afuera. 
Ese ultimado, quien fui, el falaz, es ánima, 
Se expone a ratos en imaginarios nostálgicos. 

He muerto de hambre y vanidad, 
Con los ojos abiertos acechando espejos, 
distorsionado en los reflejos; aquel extraño.
Envenenado con mi saliva, 
fue un largo trecho aplaudido. 
Sentí la rigidez en las articulaciones, 
la aprobación del entorno fue la urna, 
el halago perfume para mi hedor. 
Se volvió velorio la concurrencia, 
morí lejano, naufrago, embriagado, 
repleto de moscas buscando huevar. 

En la niñez y la adolescencia morí. 
Sólo quedé en las fotos, dolió. 
Fui arrastrado por el tiempo, 
obligado. 
Fallecí también en los que murieron, 
esos yo en una diáspora del subsuelo, 
una noción desdicha… deshecha. 

Morí de descendencia, sin extender linaje. 
Curarme de Dios, desinteresarme, morir de fe. 
Morí de amor, pero no fue definitivo. 
Morí de rencor, desangré mis venas. 
Sonreí al morir en un libro, 
diciendo adiós supe que moriría. 
La promesa es seguir muriendo, 
Empuñen paradojas. 

Agonizar cada vez es menos duro, 
al decidir que un juego cerrado se debe jugar. 

Esta es mi epístola de un adiós, 
para los que ahora saben que nací y renací 
un espacio evacuado de letras, un interlineado;
en la nota de píe es preciso señalar: 
“Todas las muertes han debido ser, 
desde esa mínima antes del orgasmo, 
en la que el corazón se para por milésimas, 
hasta la irremediable 
en la que la sangre se detiene.” 
un ensayo perenne, un descuento a cuota. 
Y moriré hasta la última vez, 
cuando Caronte me pida su moneda y la tenga. 

Lo sé, en un futuro soy un cadáver. 
En lo evidente suscribe la anacronía, 
He vuelto de algún cementerio, es formal. 
Mi epitafio dice: “.”. 
Tengo la certeza y la paz, 
Mi cuerpo lo soporta y sabe desde siempre 
Nació para morir.

Carlos Arturo

domingo, 29 de diciembre de 2019

Balido

Me creció la barba,
mientras florecían y marchitaban los lirios,
se terminó el perfume
sin contar las veces que me corté el cabello,
inmedible el desespero que me abrasó;
las enésimas veces
en que rumié las siete letras de un sintagma.

Me sentí Edith mirando hacia Sodoma,
pila de sal después de la combustión
inamovible con el mundo ocurriendo
lúbrico y pletórico,
abatido y hundido,
pletórico, ilusionado y lúbrico 
humillado, rasgado y avergonzado.

De aquel agosto primaveral
a este enero soleado
aparcó un cansancio expansivo,
donde lo bello de la promesa fue un ruido cotidiano,
no sustentable
hasta la inflexiva crisis.

En todo el cuerpo hubo un cimarrón
reventando las correas del amarre,
las marcas cuentan la leyenda del cansado;   
de quien ha tenido que recomponerse.

He llamado al demonio por su nombre,
para descolocar la brutalidad progresiva
y me he ido a dormir con la entelequia desflorecida
pudiendo algunas noches conciliar el sueño 
sin dificultad.

Carlos Arturo

viernes, 5 de julio de 2019

Háblame de la sombra de aquella ventana que no pudimos fotografiar.
De la flor silvestre que ha crecido en el pavimento agrietado
de la soledad en las calles en el imperio del miedo.
De todo lo que no hemos podido ser,
pero somos.

Cuéntame de nuevo de ese día
cuando fuiste de piedra
y te miraste desde arriba.
cuando te encontraste en el jardín de las delicias
desnudo, pasmado y craquelado
jurando que Bosch te dibujó.
Sin miedo, confiesa el secreto,
ese de sentirte tonto por verte en todo.

Cuéntame del poema jamás escrito
que apenas recuerdas.
Problematiza el ajetreo cotidiano
y la eflorescencia del espíritu;
la noción de lo hondo
y la desesperación.
De tus ganas de ser un gato
y estar ajeno al mundo.
Cuéntame de las luces encendidas
o de cuando te dormiste temprano.

Repite los olores que no debo olvidar.
Reitera tus consideraciones sobre los espejos, el reflejo y la costumbre.
Dime que la rabia a la vida es insustentable
insostenible
que el odio a la ascendencia es odio propio.
Dime del cansancio y la somnolencia.
De tu miedo a tener razón.

Recuérdame los trasfondos de los sueños y del lenguaje
para admirar a esos pájaros hablando en griego.
La importancia del mercurio en la alquimia.
El bifronte en los nombres de la primera pareja de Dios,
y la belleza prometida en inmemoriales tiempos.

No dejes que se vaya lo que creo conocer
sin haberlo conocido
que duerma un poco más
y despierte a deshora.
Háblame del equilibrio del santo
para no caer del pedestal
y de ese inofensivo chiste de los dioses.
Dilo, por favor,
el hastío es para otro día
no dejes que me duerma.


Carlos Arturo

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Gracias Verónica por tomarme en cuenta :-) Feliz semana de la amistad a todos